Javier Barría, cantautor wi-fi
Lo digital no quita lo real
Hacedor de canciones. Cantautor digital. Cantautor personal. Cantautor wi-fi. Tan prolífico en autodefiniciones como en música es Javier Barría, un cantante que desde 2002 viene tocando en vivo a todo ritmo, pero también grabando dos discos al año y compartiéndolos en todas las modalidades posibles por Internet. Así lo volverá a hacer en diciembre con su décimo tercer álbum en seis años, Ciudadano B. ¿No hace falta un filtro para la música en la era MySpace? "No. El mainstream también está lleno de cosas malas", responde Barría. La pura verdad.

David Ponce | Fotos: Carolina Barría


Hay gente que no sale a la calle sin sus documentos. O sin su tarjeta Bip! ahora último. Javier Barría es distinto. No importa dónde esté, él no sale a la calle sin su pendrive. "Un par de grabaciones que hice en mi pendrive por las plazas de Buenos Aires la semana pasada...", tiene anotado en alguna de sus bitácoras en Internet desde el verano último, y así es como ha grabado varias de las ideas que luego se han transformado en canciones que luego ha dispuesto en los doce –doce– discos caseros que ha hecho en los últimos seis años.

–Fue para dejar un testimonio de que toqué en Argentina. Pero estaba paseando –sonríe. Del pendrive al PC, del PC al podcast, del podcast a MySpace, de MySpace al fotolog, a sus 28 años Javier Barría es un cantante y compositor como los que hace apenas cinco años no habrían podido existir, real en vivo y en directo en bares y picadas, pero independiente gracias a los recursos de Internet. Si el lo-fi es el culto a la baja fidelidad, y si luego una banda rockera inglesa se bautizó Hard-fi como respuesta, este músico chileno tiene su propia definición acuñada: Javier Barría es un cantautor wi-fi.






Cantautor digital, cantautor personal y hacedor de canciones son otras autodefiniciones. Barría toca guitarra en la banda de la cantante pop Mariel, canta en el grupo de bossa nova Os Desafinados y coescribió un canción en el reciente disco de la banda de acid jazz Alüzinati, entre otras tareas, pero el verdadero sonido del cantautor digital está en sus propios discos, y en particular en el que editará en diciembre, Ciudadano B. Son canciones con títulos como "La misma edad", "Ciego, nudo y desenlace" o "Corté cuerda", tocadas a pulso lento, con ocasionales plumillas, silbido, armónica y teclados, y sobre todo con guitarra y piano.

"Sigo intentando con el piano por las noches", apunta en una de sus bitácoras. Barría egresó de licenciatura en arte con mención en música de la Universidad de Chile, donde estudió entre 1998 y 2003 y donde se familiarizó con el piano, pero es la guitarra su instrumento desde los trece o catorce años, primero de la mano de los Beatles, luego con rockeros como Hendrix y Jimmy Page y con una constante preocupación por las armonías. Hasta ahora.

–Estoy tratando de ser lo más sencillo posible –actualiza–. Estoy cada vez más eliminando notas extra. Lo que más trato es que la canción sea fácil de tocar. Ahora estoy más encaminado a eso, aunque todavía hay hartos acordes, eso es herencia de mi gusto por la música brasilera, por Chico Buarque, o por la música argentina…

–¿Spinetta sobre todo, o algo más?
–¿De Argentina? Noo, hay un montón. Spinetta es la punta del iceberg. Spinetta es la música que escuchaba desde chico, cuando estaba aprendiendo a tocar. Para mí lo máximo, en cuanto a letra y a estética sonora, lo que siento más hermanado con lo que hago, es Daniel Melero, y es un tipo súper subvalorado, encuentro yo, que ha estado a la sombra de Cerati –dice, y entonces cita además al rockero Antonio Birabent, a un cantante tan nuevo como Lisandro Aristimuño y a uno tan carreteado como el Charly García de la trilogía entre los LPs Yendo de la cama al living (1981), Clics modernos (1982) y Piano bar (1983).




Barría también cita a variedades como el crooner rockero Elvis Costello, al blues y su reciente encarnación en John Mayer, a los rockeros ingleses The Smiths y al intenso cantante Jeff Buckley, pero cuando hubo que marcar la opción de MySpace por su tipo de música, Barría eligió "downtempo", que significa "pulso quieto". Y su temporada de actuaciones en bares del verano se llamaba "Gira triste de Santiago", cita a su canción "Guía triste", que a su vez es una cita al libro de cuentos Guía triste de París, del escritor peruano Alfredo Bryce Echeñique.

–La canción habla de una depresión veraniega en bicicleta, por la ciudad –explica–. Sí, lo mío es bien melancólico. No me sale de otra manera. Nunca fui el alma de la fiesta. Nunca fui DJ.

–¿Pero también es grata la melancolía, es un estado de contemplación?
–Sí, y es una cosa que al final le llega a harta gente, sobre todo en esta ciudad.

–¿De hecho "Ciego, nudo y desenlace", una de las canciones nuevas, está inspirada en el Transantiago?
–Ése fue el punto de partida. Después se fue para cualquier lado, pero está inspirado en el desánimo general que había en los santiaguinos cuando esto empezó, veías las caras de la gente en los paraderos. Me quedó todo eso a mí también.

–"Cuando un santiaguino errante pierde un caso, pierde dos", dice la letra.
–No sólo pierdes una micro. Que es la que te iba a llevar a la casa. Lo que más me llamó la atención es esa angustia de llegar a la casa, en dos horas. Igual yo ando en bicicleta. También ando en micro, pero trato de andar más en bicicleta.

–"La misma edad" dice "Hay un agujero en mi país". ¿Son frases que buscan quedarse en la memoria?
–Es un intento por nombrar lo que ha pasado acá, y en cualquier país latinoamericano, con dictaduras, obvio. El tema habla de guerras en el mundo, y que un tipo de mi edad puede morir en cualquier parte del mundo. Por supuesto, trato de que sean frases recordables, en la escuela de letristas que trabajan con eso. Es que eso es pop.




En ocasiones Javier Barría reencuentra alguna canción con años de guarda y la trae al presente, como "Melodía de serpientes" (2002). "A veces hago arqueología", anota en su bitácora, y tiene bastante donde buscar. Cada uno con su carátula y su lista de canciones, son doce los discos autoeditados que suma, desde cuando en la era pre MySpace subía sus carpetas a Soulseek para compartirlas usuario a usuario, en modalidad peer to peer.

Esos discos se llaman, en este orden, Axolotl (2002), Perfil de corazón (2002), Nada de todo (2002), Canciones de madera (2003), Bonsai (2003), Pedacitos (2004), varios de ellos con algún influjo de rhythm & blues de parte de Prince o Me'Shell Ndegéocello, o los más recientes Café (2004), Limpio (2005), Desayuno eléctrico (2005), El ciclista (2006), el acústico Piola (2006) y Ciudadano B (2007), que recogen su sonido de hoy. De los primeros ya casi no toca nada.

–¿Esos primeros ya casi pertenecen a otra persona?
–Eso, buen punto. Para mí es otra persona. Sería como hacer covers de un tipo que ni conozco. Son etapas. Como salir de la básica, entrar a la media. Ahora me siento en cuarto medio. De eso que tienes ahí, te digo que hasta acá es otra persona –dice y marca los seis primeros discos–. Es lo que subía a Soulseek, casi un juego, mis amigos lo escuchaban, se lo pasaban a otros amigos.

–Pero son discos, los pensaste como tales, les hiciste hasta carátula.
–Sí, tienen un orden de las canciones, tienen un arte (de carátula) básico. Está registrado, no quedó en la guitarra no más. Me salté todos los filtros, productor, sonidista, sello, difusión, y me lancé no más. Es una aprendizaje. Es una escuela. Es un oficio. Si lo hubiera dejado de hacer dos años quizás estaría en otra, trabajando en un colegio, en un barco.

–La mayoría de los músicos debe haber vivido ese proceso, pero tú lo publicaste.
–Claro. Es que de chico soy melómano, de escuchar discos, de escucharlos en orden, nunca fui de salpicones, le tengo cariño a la obra de un disco. Por algo el tipo quiso empezar con un tema y cerrar otro. Por algo dejó fuera otros. Tú sabes que Dylan dejó una temas increíbles en su discografía.

–El tema es editar. ¿Te arrepientes de editar?
–No, para nada. Es que tampoco está "editado". El que lo encuentra en Soulseek lo encuentra. Ése es el destino de esos discos. Ahora sí quiero filtrar, quedar conforme con todo lo que salga. Ése es el paso que faltaba. O sea, Juanes, Sanz, seleccionan entre cien temas. En cambio acá era todo para afuera. Ahora estoy más consciente. De hecho he estado pensando que esto es lo último que voy a hacer así, en este formato digital, independiente. El otro año no puedo seguir jipeando, siento yo. Tengo que hacer algo más pro.




"Cada cierto tiempo dejo de ser digital para ser de huesos en mi Santiago natal", anota Javier Barría en otra parte de sus bitácoras. Porque podría ser un geek, pero la contrapartida es genuina: él ha tocado en infinidad de locales de nombres como El Samobar de Rasputín, Thelonious, Phone Box Pub, Domínica 25, La Barcaza, Dárabos, Nada Perfecto o Mist, entre escenarios de rock, el jazz y reductos trovadorescos a lo Silvio Rodríguez. La Máquina, un espacio de música latinoamericana, es de hecho el lugar donde debutó como solista en 2002. Lo digital no quita lo real.

–Son las dos caras de la moneda –compara.

–¿Los lugares son deliberadamente distintos?
–Lo que menos me interesa son los perfiles y los públicos: tocar en Mist, que es como rockero indie, y después tocar en un lugar donde tocan Silvio (Rodríguez). Adapto las tocatas a las lugares. No me cuesta nada bajar los decibeles y usar plumillas, y si que hay que rockearla, tocar fuerte. Me gusta eso, cambio la lista de temas, tengo dos o tres versiones de algunos temas. Todas mis tocatas son distintas.

–¿Cómo se consiguen?
–Trato de conseguir por lo menos dos o tres al mes. Por mail y por MySpace. Yo soy my own boss (mi propio jefe). Los tipos escuchan, me dicen si les gustó y lo hablamos –explica. Y la modalidad hasta le ha servido para su debut internacional. El chileno Barría es el único músico de su país que figura en el disco triple Al flaco... dale gracias (2007), de tributo al cantante argentino Luis Alberto Spinetta, editado en Buenos Aires al lado de figuras como Leo García, Palo Pandolfo & Ariel Minimal, Los Natas, Proyecto Verona, Javier Malosetti, Francisco Bochatón o Fernando Samalea.




"Un chico conectado con la ciencia", entonó Charly García en una de las canciones de ese Piano bar que mencionaba Javier Barría. Barría es un tipo conectado con la red. Después de subir sus primeros discos a Soulseek, abrió su espacio en Podomatic a fines de 2005, en MySpace a mediados de 2006 y en fotolog el mes pasado. Son los soportes del cantautor digital.

–Podcast, MySpace, fotolog… ¿Hace diez años un tipo como tú habría podido existir?
–No, pues. Habría sido muy difícil. Habría tenido que hacer el camino de los antes: ir a un sello, ir a la radio. Que creo que es lo ideal. O sea, la historia del rock está hecha de eso. Todos los pasos. Ahora se chacreó. Cosa que es muy buena.

–Eso: ¿se chacreó o es mejor?
–Yo creo que es mejor. Porque todos tenemos derecho a hacer música. Ya sabiendo dos acordes puedes hacer una canción.

–¿Pero en serio igual añoras haber tenido que ir a un sello o a una radio?
–Obvio. Lo encuentro… no sé si más meritorio, pero… no, no sé, en realidad. Porque el ochenta por ciento de lo que he logrado es gracias a Internet. Y a través de MySpace he conocido a un montón de gente que está exactamente en la misma que yo: graban en la casa, hacen discos artesanales. Es muy buena onda que ahora tengan una vitrina.

–Pero a propósito de lo que dijiste, de que ahora cualquiera puede mostrar su música, ¿no hace falta por eso mismo un filtro para las cosas malas?
–Pero si hay cosas del mainstream malísimas también. Y uno dice "¿Por qué ese huevón tiene disco?".

–De más.
–Yo encuentro que lo que está pasando es excelente. Está el caso de Radiohead, que es emblemático, proviniendo de una banda de vieja escuela –dice, a propósito del disco In rainbows, que esa banda inglesa subió gratis a Internet el mes pasado–. Lo que me da lata es que nadie repara en lo bueno que es ese disco. Es muy bonito, y como que se lo comió la noticia.


Las dos próximas fechas del cantautor digital, en Santiago y el puerto.

Javier Barría y Defroster. Sábado 24 de noviembre, 22 horas. Phone Box Pub, Providencia 1652, Galería El Patio. $1.500.
Javier Barría solo. Sábado 1 de diciembre, 22 horas. Café Epif, Dr. Grossi 268, Cerro Alegre, Valparaíso. $1.500.

www.javierbarria.podomatic.com
www.myspace.com/javierbarria
www.fotolog.com/javier_barria

 

Chilenos de ayer y de hoy

Desde septiembre pasado Javier Barría está tocando como solista absoluto, sin más músicos y con una pedalera de loops como compañía, pero en los últimos años son muchos los músicos locales con los que ha trabajado.

–Con los demás desarrollo mi labor de guitarrista, y la mayoría son re distintos entre sí –dice–. En el que he puesto más de mi cosecha es Marcelo Vergara, con el que también canto en (el cuarteto de bossa nova) Os Desafinados. Él me da harta libertad para hacer los arreglos, y hace un híbrido de música chilena y brasileña en castellano, con un sonido pop de banda. Con Mariel (foto 1) también he podido aportar en la guitarra, y hay otros grupos como Los Cracks, con los que he tocado como invitado. Me gusta el sonido que tienen, ese sabor a rock chileno, esa genealogía que viene de Los Tres a Los Bunkers y es parte de una continuidad.

Su hermana Carolina Barría (foto 2) también ha sido una acompañante frecuente en sus actuaciones.

–Ha sido una cosa muy cercana. Ella tiene un grupo, empezamos a tocar casi al mismo tiempo y durante un tiempo tocó conmigo guitarra como invitada. Ahora ella toca cello y está empezando a tocar en vivo. Es un pop etéreo, harto (del sonido del grupo inglés) Cocteau Twins, del disco Victorialand. Ella hace todo, yo la ayudo en el sonido –dice Javier Barría, que además ha compartido escena con colegas como Javier Labbé, Felipe Yaluff, Tomás González y Cristian Eneas, y que ha tocado rock en el dúo Flora y Fauna junto a su socio Sebastián Valdivieso y en el grupo Rol Makana.

–¿De la música chilena de antes qué te llama la atención?
–Te puedo nombrar puntualmente, como memoria emotiva, a Los Tres, que fueron muy importantes en mi época de los '90. Iba a los recitales, compraba los discos apenas salían. ¿Alguno favorito? La espada y la pared (1995), cuando aún no tenían ese sonido tan tan retro. Muy buenos singles. Me gustan tanto que no le compro tanto a Pettinellis ni a (Álvaro) Henríquez solista. Como figura solista, un cantautor que admiro mucho es Hugo Moraga, es tremendo, muy bello lo que hace. Tenía una vaga noción de él hasta que me topé con un compilado suyo (Evidencias 1984-1977, de 1998), lo vi en vivo en la Sala SCD solo con la guitarra. ¿Algún disco en particular? Niño de guerra (1984). Después, como lo mejor en cuanto a letras, es Cristián Fiebre con Mujer elefante (1999). Le hice chupete a ese disco, lo fui a ver en vivo y me atrevería a decir que son las mejores letras del rock chileno. Y por último, de ahora, Leo Quinteros (foto 3), para mí es lo mejor que se está haciendo. Me gustan mucho las letras, su preocupación por el sonido, y siento una especie de hermandad con lo que hace, con referentes muy similares a pesar de que el resultado sea súper distinto.