José Pérez de Arce rescata el son ido
Sonidos con historia
Entre estudio de los pueblos indígenas americanos, la fascinación por el guitarrón y la misión de preservar sonidos a punto de extinguirse se mueve José Pérez de Arce: investigador, músico y dibujante, fundador de La Chimuchina y cabeza de su propio proyecto musical, Pérez y los Llaneros de las Canteras. Conoce y respeta el pasado, pero también se atreve a crear con él, como en Son ido, su reeditado disco, disponible gratis en Internet y por el sello Pueblo Nuevo. "Uno está inmerso en una estética propia, que llevamos en la sangre, no tenemos idea por qué", asegura.

Luis Felipe Saavedra | Fotos: Verena Urrutia y Archivo de José Pérez de Arce


Una oficina llena de papeles, libros, discos, un computador y un mate, en el tercer piso del Museo de Arte Precolombino, donde trabaja como museógrafo, es el centro de operaciones desde el cual José Pérez de Arce despliega sus diversos intereses. Investigador en el campo de la musicología, dibujante y músico, ha traducido su fascinación por los instrumentos musicales y por los pueblos originarios de América a exposiciones, libros y discos, el último de los cuales es Son ido, (2002, reeditado en 2007 por Pueblo Nuevo), un trabajo que preserva, antes de su extinción, sonidos de animales, campos y dialectos que van a desaparecer (leer un comentario acá).

José Pérez de Arce (1950) comenzó en el colegio Verbo Divino su relación con la música con el conjunto Círculos Cuadrados, que con el paso a la universidad se transformó en el grupo de tendencia progresiva Música de Jardín. Pero pese a que ese grupo duró más de tres años tocando en vivo, no dejó registros. Paradójicamente, lo que vino después en la vida de Pérez de Arce fue justamente dejar registro, clasificar, almacenar y divulgar sonidos, revivir y utilizar instrumentos precolombinos, para su grupo La Chimuchina o para un libro de música mapuche a punto de ser publicado, que estará acompañado de un disco con ejemplos sonoros, para que a nadie se le olvide.






El material del que está hecho Son ido fue recolectado por José Pérez de Arce en terreno. Durante años viajó desde el extremo norte al extremo sur de Chile equipado con un grabador de cinta DAT, y realizó grabaciones de arroyos, pájaros carpinteros, la últimas mujeres yámanas o flautas de los nazcas. Pero en un principio ese trabajo no fue concebido como disco, sino como una instalación sonora que tuvo lugar en el hall del Museo de Bellas Artes.

–El proyecto era bien cerrado, en tanto que había ocho unidades de sonido que iban a estar dedicadas a ocho voces en extinción –explica–. La selección de esas voces tuvo que ver con una serie de antecedentes, pero el más importante fue un proyecto anterior que tuve con la Fundación Andes. El disco vino a salir de una oferta que me hizo la Feria del Disco.

–En el texto del disco usted dice que todo tiene canción.
–Estaba pensando en los indígenas yámanas o kawésqar que viven en la naturaleza. Todas las cosas tienen canción en un doble sentido: uno porque se le canta, hay una canción para el lobo de mar, para la piedra, para el pajarito. Pero también cuando ese individuo escucha un sonido de la naturaleza ese sonido tiene un significado muy preciso dentro de su contexto habitual y en algunos casos hay una respuesta inmediata, porque ese sonido indica que va a pasar tal cosa, que es una relación muy distinta de la que tenemos nosotros con el sonido.

"En la ciudad hay un sonido constante que tratamos de no escuchar, que es el ruido", define. "Para nosotros existe el concepto de ruido, que por definición es lo que uno quisiera ignorar. El concepto de ruido en las sociedades preindustriales y en las ligadas con la naturaleza no existe. Tampoco existe el concepto de música y eso no significa que no exista la música. La relación entre individuo y mundo sonoro es muy distinta. Esa es una de las cosas que quise aportar, que es meterme en algo que ya está produciendo respuestas e inquietudes, de tomar en cuenta lo sonoro como parte de una vivencia y no solamente como se concibió tradicionalmente lo sonoro, que estaba ubicado en la música, esta cosa como medio especial, medio selecta, de la que la gente tiene miedo.

–En un mismo track se encuentran sonidos de distintas zonas geográficas y de momentos distintos. ¿Cuál fue el criterio?
–Me tomé la libertad absoluta de no tener mucho criterio estructurado. Salió mucho más de una creación que de otro lado.

–¿Reconoce que ese trabajo se asimila a la tradición de música concreta?
–Por supuesto. En realidad el trabajo se asimila a un programa que me pasó el Nicolás (su hijo), el ACID, que es bien fácil. Quedé fascinado con ese programa, comencé a jugar con él y de eso salió el disco. Todos los sonidos son reales. En ninguno hay manipulación, en el sentido de alteración del timbre, ni de la altura. Excepto cortar y pegar.


La Chimuchina en vivo

–¿Es cierto que cuando estaba en el colegio se construyó una guitarra de 18 cuerdas?
–Es bien curioso. Esa guitarra me la construí porque tenia ganas de tener una guitarra que fuera de más de doce cuerdas. En el fondo, es una guitarra de doce cuerdas a la que le doblé las cuerdas agudas. Después se me rompió el puente porque era mucha tensión y todavía tengo el cadáver por ahí. Lo que ahora me doy cuenta es que lo que andaba buscando era una sonoridad muy parecida al guitarrón. El guitarrón es mucho más complejo en su encordado, pero me di cuenta que este afán mío por multiplicar cuerdas es una cosa muy sudamericana. Y me di cuenta hasta qué punto uno está inmerso en una estética que es propia de nosotros y que la llevamos en la sangre, no tenemos idea por qué.

–¿Y cómo conoce el guitarrón?
–A raíz del libro de Samuel Claro (Oyendo a Chile, del musicólogo Samuel Claro Valdés, publicado en 1979) me topé por primera vez con el guitarrón. Conocía unas grabaciones de Santitos Rubio (el cantor pircano Santos Rubio, una de las eminencias del guitarrón y el canto a lo poeta) en el Conservatorio y quedé absolutamente maravillado con el instrumento. Me tocó hacer un dibujo del guitarrón y lo hice con mucho cariño y me dije "este instrumento tengo que conocerlo". Y me demoré hasta que me mandé a hacer un guitarrón hace seis años y tomé clases con Santitos Rubio y salí del empacho.

–¿Y qué opinaban estos caballeros de que llegara un académico, de una cultura diferente, a interesarse en el guitarrón?
–Santos Rubio es un tipo que tiene mucho contacto con todo el mundo, así que no se extraña de eso. Han llegado muchos. A mí me interesaba hacer música con el guitarrón y además estudiarlo. Tengo un estudio que ahora lo voy a publicar, que es un resumen de todo lo que he investigado (próximo a aparecer en la revista Resonancias). Pero al mismo tiempo tengo esta faceta de investigar el guitarrón artísticamente, que es el disco que saqué, el Nometomesencuenta (2004, Fondart), donde hay una investigación artística. Lo que uno hace cuando experimenta es investigar formas y posibilidades. Y la investigación, en este caso, estuvo ligada a poner el guitarrón en un contexto que no le es habitual y acompañarlo otros instrumentos. El guitarrón tradicional es solista y canto a lo divino y a lo humano. Ese es su universo, es bien cerradito.

–Lo hizo tocar canciones de Café Tacuba y Caifanes, acompañado de instrumentos eléctricos. ¿Qué opinaron los antiguos?
–Ése fue mi mayor terror durante todo el tiempo que estuve haciendo el disco. Comentábamos con el Cuti (Aste, director musical del disco) de qué iban a decir los viejos. Igual había unas grabaciones de los dos cultores tradicionales, que son Santos Rubio y el Osvaldo Chosto Ulloa. Ellos son los dos únicos que guardan la tradición antigua. Todos los otros son formados por ellos dos. Entonces ellos dos están presentes en el disco, porque quise rendirle un homenaje al guitarrón. Finalmente le llevé el disco terminado a Santitos y le encantó.

–De esa nueva generación de guitarroneros, Manuel Sánchez es uno de los más destacados.
–Manuel Sánchez yo sé que hace tiempo está investigando, que le puso micrófono y de repente lo conecta con el wah wah. De hecho, Manuel Sánchez me dio el dato de cómo ponerle micrófono al guitarrón. No conozco otra gente que esté investigando con el guitarrón en cosas raras, pero si hay una dispersión del guitarrón en el ámbito popular que es bien interesante. Porque hay músicos en Concepción, en San Felipe, en la zona de Putaendo, que tocan un repertorio absolutamente distinto del tradicional. Son cosas propias.


Ilustración de Rostros de Chile

Junto con sus trabajos de investigación, una de las facetas mediante las cuales José Pérez de Arce llegó a interesarse por los pueblos prehispánicos fue la del dibujo, que cultivó, gracias a la familia, desde muy pequeño, y que tuvo momentos altos en la muestra Rostros de Chile (1982) y como ilustrador del aludido libro Oyendo a Chile.

–Cuando salí del colegio entré a trabajar muy luego en el Departamento de Biología de la Universidad Católica haciendo dibujos científicos –recuerda–. Fue una muy buena escuela, porque los científicos son un hacha para eso, porque saben exactamente lo que quieren, no desde el punto de vista artístico, sino que desde los contenidos. Y yo, por mi parte, le ponía el rigor a la parte artística porque quería que fueran bonitos los dibujos. Esa mezcla es una enseñanza muy buena que me ha servido mucho en el resto de mi vida, porque es una estructura muy equilibrada entre la ciencia y el arte, que son dos cosas que siempre me han gustado.

–Esos intereses tienen que ver con Rostros de Chile (en la foto), la muestra de dibujos de habitantes de pueblos indígenas que inauguró en 1982 en el Museo de Arte Precolombino.
–Termina toda esa línea de ilustración con esta muestra etnográfica. Está en el límite entre el contenido científico, al que tienes que darle una apariencia artística, un estilo.

–¿Cómo se interesa en el tema de los pueblos autóctonos?
–El tema me interesó siempre. Yo dejé de hacer música en el '73, aproximadamente. Había entrado al Conservatorio, salí del Conservatorio y no volví. Y tampoco tenía posibilidades de hacer música, porque no tenía grupo y no tenía por donde. Y una de las cosas que sí agarré de mi interés por la música fue la parte científica, que es el estudio de los instrumentos.

"Me tocó ilustrar el libro de Samuel Claro Valdés, que también fue como meterme a ese mundo de la organología y de la música vista a través del ilustrador", agrega. "Estudié una colección que había en la casa de un arquitecto amigo de mi papá, don Sergio Larraín, quien después formó este museo (el Precolombino). Había estudiado esa colección desde el punto de vista de los instrumentos musicales porque me interesaba por una cosa absolutamente personal, y esa coyuntura me permitió el año '82 hacer una exposición de instrumentos musicales aquí. El museo me apoyó y con eso me dieron un empujón fuerte para que pudiera iniciar una línea de investigación que llevo hasta hoy, que es la investigación de la música prehispánica indígena de América.

Esa línea de investigación, además de producir artículos de divulgación científica y la confección de un archivo para el museo, se tradujo en la fundación, hacia 1993, del conjunto La Chimuchina, junto a Claudio Mercado (arqueólogo y etnomusicólogo), Víctor Rondón (flautista y musicólogo), Norman Vilches (director de orquesta) y el músico y productor Guillermo Cuti Aste, entre otros músicos. La Chimuchina se caracteriza por utilizar instrumentos y formas musicales precolombinas para crear música actual. Han editado los discos Música en la piedra (1998) y Sonchapu (1999) y se han presentado en Chile y países de Europa.

–La Chimuchina comienza a ser un lugar de experimentación en que confluía la investigación que estaba haciendo yo en la arqueología más la investigación que estaba haciendo Claudio directamente en la etnografía –explica–. Y todo eso, que es una cosa muy teórica, converge en una forma de hacer música que es La Chimuchina, que es una expresión artística actual pero que tiene todo ese background.

–¿Están activos?
–Una de las cosas importantes que sucede con La Chimuchina es que la puesta en escena de nuestros conciertos es muy difícil de traducir a un disco, porque es un cuento por una parte visual y por otra parte espacial. No hay un escenario versus un público, sino una imbricación público-escenario. A veces nosotros rodeamos al público, o estamos al mismo nivel, lo que está muy ligado al discurso musical y a la sensación que se genera. Por eso damos un concierto al año, a veces.

Por mientras esperamos que ofrezca un concierto con la Chimuchina o acompañado de sus hijos Nicolás y Marcos en el grupo Pérez y los Llaneros de las Canteras, dejamos un par de links de José Pérez de Arce para descargar dos de sus discos.

Son ido aquí

Sonchapu, de La Chimuchina acá

www.precolombino.cl

 

Mika Martini: "Son ido fue como cuando escuché Sargent Pepper, de los Beatles"

Mika Martini es músico y fundador del sello en línea Pueblo Nuevo. En su reciente disco, Mestizo (2007), utilizó varios samples tomados de Son ido, y explica por qué considera tan relevante el trabajo de Pérez de Arce.

Son ido lo escuché por primera vez en la casa de un amigo audiovisualista en Valparaíso, por allá por el año 2002, apenas editado el disco. Yo en esa época estaba haciendo mis primeras armas en el mundo de la música electrónica participando en el grupo Usted No! De alguna manera esa primera escucha de Son ido detonó en mi la idea de investigar esa línea musical que me pareció interesantísima: cómo debería sonar un trabajo experimental basado en los sonidos más representativos de nuestras culturas ancestrales, sonidos que todos hemos escuchado, que nos han inculcado con mayor o menor fuerza en el colegio o en nuestra vida diaria, o de frentón, sonoridades que son de aquí y que la gran mayoría desconoce o no le da importancia.

"La música electrónica me brindaba la posibilidad, sin querer hacer una investigación, porque para eso están los científicos, ni algo pseudo místico, de tomar esos materiales sonoros y organizarlos para inventar mi propio lenguaje, un lenguaje que reflejara de dónde vengo y dónde estoy. O sea, una identidad. Todo lo anterior estaba plasmado en forma señera en el disco de José Pérez de Arce. Porque en Son ido, para mí, hay una re-creación de un paisaje, de un sentido de nuestro territorio, donde tal vez no sea una reconstrucción rigurosa, un mapa, un tratado, cosa que en general es tan difícil de establecer objetivamente y a veces tiene una importancia relativa menor frente al hecho de fijar permanentemente una propia visión, una puesta en escena, un mundo donde nos podamos sentir reflejados, pero que va más allá, que avanza y propone.

"Impresionado con esta escucha de Son ido, que fue como cuando escuché Sargent Pepper, de los Beatles, parto un día al Museo Precolombino, donde ya había tomado contacto con Claudio Mercado (arqueólogo y además integrante de La Chimuchina) por unos samples mapuches que andaba buscando para un tema del disco Conexión_Domeyko (de Ud.No!), y Claudio me presenta a José Pérez de Arce, a quien le pido permiso para usar algunos samples de su trabajo en un futuro disco que se llamaría Mestizo. Pasó un par de años, pero desde ese entonces mantengo contacto vía email con José, y en ese ir y venir de información sobre Mestizo aparece Pueblo Nuevo como mi proyecto principal, incluso postergando mi disco personal. El lema del sello, que es "Música chilena de raíz electrónica", partió plasmando la intención, ya a firme, de identificarnos con una propuesta que pivotara entre lo avanzado y lo ancestral. Recuerdo que José captó inmediatamente el mensaje y me ofreció generosamente Son ido para nuestro catálogo. Nosotros, más que felices de poder promover este disco a través de nuestros medios, que ojalá más gente lo escuche, no solo en Chile sino que afuera.

"Por otro lado, en lo musical, para mí han sido influencia y punto de partida los trabajos de José (Pérez de Arce), de La Chimuchina, Víctor Jara, Los Jaivas. Me encantaría que fuera así para más colegas, pero tampoco es una imposición. Cada quien es libre de hacer lo que mejor le salga o lo que más sienta cercano a sus experiencias o a su visión. Ésa es la libertad que te da el hacer arte, y que queremos que permanezca en Pueblo Nuevo. Pero también se trata de informar, de que las opciones artísticas se produzcan a partir del conocimiento y no de la ignorancia. Es decir, hacerme cargo de cuáles han sido las sonoridades que pertenecen al territorio donde vivimos y luego, decidir si quiero sonar étnico, hard techno, minimal, afrancesado, hip-hop de la Costa Oeste, electrónica de La Serena o de Magallanes".

Lea un comentario del disco Mestizo acá