Francesca Ancarola y su nuevo álbum
En busca del rockero Víctor Jara
Es el lado desconocido del compositor popular más grande de nuestra historia y es la cantante popular Francesca Ancarola la que explora en estas dimensiones con Lonquén. Un disco que llega incluso hasta la inspiración de Jara en su visita al "swinging London" de los '60 y hasta la forma vanguardista que el músico tuvo luego para montar canciones con armonías no pertenecientes al folclor. Lonquén es la muestra de Víctor Jara con guitarra eléctrica. Y Ancarola tampoco se resiste a la guitarra eléctrica.

Iñigo Díaz | Fotos: Teresa Ly (portada) y Alexis Díaz (entrevista)


Fue el 28 de septiembre de 1932 cuando nació Víctor Jara en un lugar de Lonquén. De no haber sido masacrado en el Estadio Chile pocos días después del golpe militar, hoy estaría a punto de cumplir los 74 años. Es el 28 de septiembre que está a la vuelta de la esquina la fecha que la cantante y compositora Francesca Ancarola escogió para iniciar la temporada de lanzamiento (en el Galpón Víctor Jara) del que es hoy su mejor álbum solista. Lleva por título Lonquén y es una canción del mismo nombre la que inicia la narración de esta historia a través de cuartetos simples pero profundamente descriptivos. En "Lonquén" no hay más que una voz desnuda, la de Ancarola, y sus primeros versos de cuatro líneas: "En una escuela de Lonquén / sin bancos y sin ventanas / un niño aprende con ganas / los números del uno al cien".

Francesca Ancarola ha hecho un tránsito musical doble. En la interpretación y en la composición. Pasó del canto y la trova en las peñas al canto swing en el Club de Jazz, y de la composición popular en guitarra de palo a la composición formal para música de cámara acústica y música electroacústica: "¿Qué si lo quería probar todo? Yo siempre lo quiero probar todo". Dentro de este universo musical hay algo que fue siempre más poderoso e igualmente transversal en su historia: Víctor Jara. Y cuando ella se habla de Víctor Jara se refiere simplemente a "Víctor".

–Una vez Víctor le contó a Joan (Turner, su esposa inglesa) que el recuerdo más remoto que tenía sobre música era mientras se dormía con el canto de angelito que hacía su mamá Amanda. Ahí hay una conexión poderosa entre madre e hijo, porque el padre también está un poco ausente. Víctor también trabajó en la tierra con ella y la seguía a todas partes ¿Qué hubiera pasado si tu mamá te hubiera cantado canciones así para que te durmieras?.

–¿No hay otro compositor popular además de Víctor Jara?
–¿De ese tamaño? Yo creo que no. Víctor es incomparable. Es un ser que emerge desde la pobreza. No tenía muchas opciones ni las posibilidades que podríamos haber tenido tú o yo. Él logra trascender y se convierte en un visionario que llega a dominar muchos lenguajes en el arte. Ese poder se lo transfiere a su música y su poesía y eso es incomparable.  Hay una identificación personal mía con la historia de Víctor. Algo ahí me conmueve especialmente. Como persona, como personaje y como artista: como músico popular y como trovador.






–¿Cómo y cuándo llegaste a sus canciones?
–Las escuché primero en boca de otras personas. Debo haber escuchado "Luchín" en algún encuentro, cantada por alguna compañera o la hermana de una compañera del colegio. Yo estaba en un colegio de mujeres.

–¿Cuál?
–¡Monjas Inglesas!

–¿Ya eras "izquierdosa" entonces?
–En mi familia hay un detenido desaparecido, pero así y todo yo estaba en un colegio súper conservador. Era una situación un poco bipolar. Por un lado este drama familiar y por otro en un colegio que después de que se fueron las monjas, llegó la mano dura. Claro, con algunas profesoras había cierta complicidad, pero recuerdo que eso era… terror.  Después tomé mis primeras clases de música con Fernando Carrasco, un músico que estaba relacionado con la Nueva Canción Chilena y sus continuadores, como los grupos Ortiga o Cruz del Sur. En boca de Fernando vino también una racha de Víctor. "Lo único que tengo" se lo escuché a él. La cantábamos juntos en contextos de peñas… harta peña, en realidad. Lana total.

–¿Alpaca altiplánica u oveja chilota?
–Chilota, chilota (risas). Después cuando estaba estudiando licenciatura en música en la Chile, en 1988 era parte del staff de músicos del Teatro Q. Fuimos de gira a Alemania y Suecia, y después de las obras hacíamos unos pequeños conciertos donde cantábamos "El derecho de vivir en paz". El público alemán estaba súper enterado de lo que pasaba en Chile. Para nosotros era increíble hacer esas canciones allá.

–Se supone que después apareció (el mandolinista y compositor) Antonio Restucci y se produjo una conexión entre ustedes en torno a la obra de Víctor Jara.
–El "Manifiesto" que yo grabé la primera vez, en mi primer disco (Que el canto tiene sentido, 1997), es un arreglo de Toño Restucci. Cuando yo ya estaba estudiando composición me junté con (el guitarrista y compositor) Juan Antonio Sánchez y armamos con Restucci un trío de música latinoamericana, más o menos en 1994. Y de ese trabajo hay cosas que yo todavía canto, como el arreglo de "Manifiesto".

–En Lonquén volviste a grabar "Manifiesto".
–Sí. Es la misma versión pero encarada desde otro contexto. La banda ahora es un trío con músicos que vienen del jazz (ver recuadro). La grabación que hicimos con ellos no está incluida en Lonquén. La versión que quedó es algo así como un remake de los de Que el canto tiene sentido, con Toño Restucci y Chicoria Sánchez que grabamos el año pasado en Madrid. También hicimos "El derecho de vivir en paz".




–¿Cómo es el "lado Dylan" de Víctor Jara?
–Eso fue cuando estábamos montando "El cigarrito", que tiene una cosa folk totalmente referida a una experiencia que ha tenido Víctor de vivir en residir distintas partes, Londres una de ellas. La onda fue también "contemporaneizar" algunas de sus canciones, como "Qué saco rogar al cielo". Ahí hay un cuento que tenía Víctor súper importante con las armonías. En eso Víctor siempre fue bien audaz.

–¿Qué tipo de armonías audaces?
–Tal vez no se aprecia a primera vista cómo trabajaba con ellas. Él escogía una paleta que claramente no proviene del folclor. Más bien viene de otras experiencias obtenidas en sus viajes, como el que hizo también a Inglaterra, y de experimentar con otras realidades. Hay otro aspecto que salta mucho más a la luz y que es el contenido de los textos y su mensaje. Víctor Jara tenía una cosmovisión.

–¿Qué piensas que escuchaba él?
–¡Ah…! los Beatles, de todas maneras. También folk: Joan Baez y Pete Seeger, que incluso grabó una versión de "El derecho de vivir en paz". Y Víctor hizo una traducción de "If I had a hammer", de Pete Seeger, que es una canción muy clásica: "El martillo". Pero antes de eso, que son los años '60, Víctor tuvo una fuerte influencia del folclor y el canto popular, partiendo por su madre. Ella era cantora popular en el campo haciendo todas esas cosas como velorio de angelitos, matrimonios campestres, fiestas de todos los santos.

–¿Las canciones que elegiste para Lonquén pertenecen a un período definido?
–"Manifiesto" es una de las últimas. Y "Qué saco rogar al cielo" es una de las primeras. La escribió después de dejar el seminario donde estaba preparándose para ser sacerdote y estaba replanteándose muchas cosas de una nueva cosmovisión, con una sola pregunta: “Qué saco rogar al cielo / si en tierra me han de enterrar / la tierra me da comida / la tierra me hace sudar".

–Es la canción más rockera del disco.
–Totalmente.




–¿Cuál es la relación de Francesca Ancarola con la guitarra eléctrica? La de Jimi Hendrix, no la de Pat Martino.
–¡Ah! Yo creo que Hendrix, Janis Joplin y Pink Floyd deben haber sido las primeras cosas que escuché de bebé, porque tenía un tío que era astrónomo, loco rayado, que cuando lo dejaban cuidándome me ponía un sistema de sonido y toda esa música. Debe haber sido algo parecido a lo que sintió Víctor cuando Amanda le cantaba para que se durmiera. La guitarra eléctrica de "Qué saco rogar al cielo" es de (Federico) Dannemann. Es una guitarra totalmente rockera y sexual (risas).

–¿Tú le pediste a Dannemann que atacara así una canción?
–Ésa no era la guitarra que él tocaba habitualmente. Eso fue un comentario que Dannemann puso ahí y que quedó muy ajustado al carácter de una canción que Víctor hacía como un canto a lo divino. Es la primera vez que la guitarra eléctrica y rockera predomina en mis grabaciones. Y el tipo de estructura de canción que hicimos ahí también proviene del universo del rock progresivo, esas canciones siempre muy grandes.

–Algo parece que hay también en Lonquén de tu paso por la música electroacústica.
–"Qué saco rogar al cielo" tiene además grabaciones que sacamos de la ciudad, la calle, las bocinas, los noticieros. Eso es un trabajo atmosférico importante porque además no está puesto al azar. En una época yo trabajé mucho con electroacústica. Tengo unas siete obras completadas y algunas otras inconclusas. Y también compuse música acústica de cámara, por ejemplo para el Trío Arte (con la pianista María Iris Radrigán, el cellista Edgar Fischer y el violinista Sergio Prieto).

–¿Y qué parte de tu historia es ésa?
–La historia oculta (risas). Mi obsesión por notarlo todo partió en 1989 (y terminó en 1994). Ese año hubo un encuentro de Anacrusa (colectivo de vanguardia e integración musical en plena dictadura formada por compositores, intérpretes y teóricos) y ahí yo vi por primera vez que alguien cantaba "Luchín" y "Te recuerdo Amanda". Eran Gabriela Lehmann (voz) y Cirilo Vila (piano).




–¿Hay más canciones de Víctor Jara además de todos los clásicos?
–De todas las canciones que tiene Lonquén, "El derecho de vivir en paz" es la única que no hace referencia a Chile. Está ahí el vínculo desde fuera con la Guerra de Viet-Nam. Víctor era un cantautor absolutamente distinto. Escribía sobre experiencias de él, pero nunca sobre él. Otra canción así es "El lazo", donde narra la historia hermosa de un hombre que él conoció y que hacía artesanía en lazo. "Angelita Huenumán" también me parece una canción brillante, como música y como canción, y no es demasiado conocida más allá de la versión que grabó Inti-Illimani (en Canción para matar una culebra, 1979), que es la que se conoce.

–¿Qué te pasa cuando alguien dice "Víctor Jara" y todo el mundo aplaude por defecto?
–Creo que es parte de cómo es la sociedad hoy, un poco ignorante. Pero sí pienso que es impostergable que un país tenga sus íconos artísticos. Víctor es uno de ellos. Eso es indiscutible.

www.ancarola.scd.cl

 

Ancarola explora en los tríos

Federico Dannemann (n. 1979): En sus bandas de apoyo, Francesca Ancarola utilizó siempre a músicos de la fusión, como la clásica dupla de guitarras Restucci-Sánchez o el pianista argentino Carlos Aguirre. Desde 2004 el giro se dio en favor de un nuevo soporte, más jazzístico, y en él el guitarrista Federico Dannemann fue gravitante en la consecución de nuevas texturas y temperaturas en sus canciones. Lo hizo primero desde la limpieza de una guitarra jazz hasta llegar a las intervenciones realizó con una guitarra de mayor dureza en "Qué saco rogar al cielo" y "Angelita Huenumán", por ejemplo. Hoy, Francesca Ancarola también actúa con el vibrafonista de jazz Diego Urbano, en las funciones de respaldo armónico.

Rodrigo Galarce (n. 1974): Desde 1999 ha sido contrabajista de dos importantes grupos del jazz chileno joven: Los Titulares (del baterista Pancho Molina) y Supertrío (del guitarrista Mauricio Rodríguez). En su incorporación a la banda de Francesca Ancarola ha vuelto a utilizar el instrumento en una modalidad alternativa al contrabajo jazzístico tradicional, donde explora en nuevas formas de lograr swing y en funciones que hasta antes no le correspondían cuando tocaba con un conjunto de jazz. Se aprecia bien en sesiones como la de "El lazo", donde debe sostener toda la canción rítmica, melódica y armónicamente a través de sus líneas.

Daniel Rodríguez (n. 1979): Hubo un momento en que el baterista estuvo a punto de salir de este proyecto sobre la obra de Víctor Jara. Hizo las grabaciones de Lonquén y se retiró indefinidamente de la música. En su lugar Ancarola reclutó a Cristóbal Rojas (La Banda del Capitán Corneta, Mandrácula y sideman de Jorge Campos y Emilio García). Pero hoy Rodríguez está de regreso, como Dannemann (ya arribado desde una temporada en Londres), para poner su punto de vista percutivo moderno y polirrítmico en canciones de aparente simpleza, siempre sentado sobre un cajón peruano en lugar de un sillín. El trío favorito de Ancarola está reactivado y listo para las fechas de lanzamiento, el 28 y 29 de septiembre, en el Galpón Víctor Jara.