Fernando Ramírez, organólogo, lutier y músico
La vuelta al mundo en mil instrumentos
El único museo organológico chileno está en Valparaíso y no pertenece a ninguna institución, sino a Fernando Ramírez Escare, un arquitecto que hace más de cuatro décadas recolecta instrumentos musicales, los investiga y repara. Tiene más de mil, y en una casa del cerro Bellavista los exhibe, cuenta sus historias y los toca junto a su grupo, Auhra.

Por Luis Felipe Saavedra | fotos: Benito Neto


Hotel O'Higgins, Viña del Mar, domingo 26 de junio. En el inmenso salón O'Higgins toca el cuarteto de música del mundo Auhra, y el escenario está repleto de instrumentos musicales. Su fundador, Fernando Ramírez, interpreta varios en cada canción y explica el origen de todos ante un público impresionado por los sonidos y las historias. Con una flauta de la cultura nazca hecha en sección áurea, otra india llamada bansuri, campanas de Medio Oriente y cuerdas japonesas, Auhra plantea un viaje espacio temporal.

Pero Fernando Ramírez, el dueño de ese arsenal instrumental, no ha salido nunca de Chile. Una vez, para ser más precisos, a Mendoza, y sin embargo ostenta más de mil instrumentos musicales de épocas y latitudes distantes. "La magia que tienen estos instrumentos es que todos han sido encontrados en Valparaíso", aclara unos días después el mismo Ramírez en su Museo Organológico de Valparaíso, ubicado a una cuadra de la casa de Pablo Neruda,La Sebastiana, en el cerro Bellavista.






Fernando Ramírez comenzó a coleccionar instrumentos musicales desde joven, cuando su padre marino le regaló una quena, poco habitual en esos años. Antes había conocido al folclorista Raúl de Ramón, de Los de Ramón, quien tenía en su casa una colección de instrumentos muy finos que lo impresionaron hondamente, y ya adolescente tomó conciencia del valor y pertenencia de la música andina, como parte de la avanzada latinoamericanista que se desarrolló en la época de la Unidad Popular.

–Todo eso se interrumpió violentamente, y ahí parte esta idea de guardar –explica Ramírez–, porque  tenías problemas si andabas con  un instrumento que era proclive al régimen anterior. Valparaíso está lleno de instrumentos por ser puerto terminal. El marino sale a viajar y después vuelve a vivir aquí, a morir. Luego del quiebre (el Golpe de Estado de 1973) mucha gente salió de Valparaíso a los dieciocho, veinte años, y cuando volvieron tenían que tener alguna reminiscencia del lugar donde estuvieron. Así llegan instrumentos.

Ramírez dice tener un "tercer ojo" para encontrar piezas. Muchas veces se los traen viajeros o gente que sabe que colecciona, pero también los consigue en ferias libres, casas de antigüedades o en remodelaciones que dirige como arquitecto. Así, por ejemplo, obtuvo un cuenco tibetano que era usado como macetero, un cavaquinho que estaba en una pajarera para que las aves anidaran, unos tambores de banda de guerra que le donaron los curas de su colegio o un juego de platillos que un payaso de circo pobre le vendió como "chinos".




El museo, que abre sólo contra pedido, está dividido en cuatro salas de acuerdo a la clasificación en familias que realizó el padre de la organología moderna, el alemán Curt Sachs: membranófonos (tambores), idiófonos (triángulos, maracas, campanas, sonajeros), aerófonos (quenas, flautas) y cordófonos (violines, guitarras). Además, el museo cuenta con una biblioteca con más de seiscientos volúmenes sobre historia, mitología, construcción y reparación de instrumentos, libros de partituras y música grabada como respaldo y guía.

Este esfuerzo patrimonial fue financiado, en parte, gracias al fondo "capital semilla" de Corfo, que permitió a Ramírez construir las vitrinas, la iluminación y el estudio de grabación. Pero ese mismo fondo le impide, por ser una empresa "con fines de lucro" postular a financiamiento relacionado a la cultura. Porque con las visitas de grupos de escolares o particulares no alcanza a mantener el único museo organológico que hay en Chile.

–De las diez peticiones que llegan al mes para conocer el museo, nueve son gratuitas –revela–. Me han pagado con mandíbulas de caballo, de burro o calabazas.

–¿Y cómo se conservan estos instrumentos?
–Con un Padre Nuestro, un avemaría y una aspirina cuando me duela la cabeza. En Chile hablamos de patrimonio y no hay ninguna aseguradora que te asegure instrumentos musicales. Lo he intentado varias veces, pero acá no se aseguran instrumentos musicales, y acá hay instrumentos carísimos. Si nadie asegura este material, malamente puedo viajar con ellos a mostrarlos.




Ramírez es ameno. Acostumbrado a recibir a niños, extranjeros y músicos, relata el origen y significado de cada instrumento. Y juega: exhibe un sitar y habla de Los Beatles o pregunta por qué sólo se pueden construir arcos con crin de caballo macho. "Porque la yegua orina hacia atrás y quema el pelo", responde.

De los mil instrumentos que tiene, cuando habla de los mapuchese le iluminan los ojos. Frente a una vitrina dedicada exclusivamente a ellos, los sitúa en las ceremonias religiosas, explica su fabricación y entrega datos como que las trutrucas se hacen sólo en mayo porque en mayo se matan los chanchos cuyas tripas la cubren. "Los europeos están a quinientos años de sus culturas ancestrales, pero uno a sólo quinientos  kilómetros", lanza.

–Yo soy ejecutante del ñorquin, que no lo conoce nadie, y que es la única trompeta aspirada que existe en el mundo (la toca, y suena más aguda que una trutruca). Estos instrumentos se llaman como suenan: el kultrún, la trutruca, el piloilo (una zampoña de piedra) y el ñorquin también. Nadie hace nada para mandarme para afuera. Con el puro ñorquin y el piloilo los gringos quedarían impresionados.

–Entonces existen instrumentos chilenos.
–Chile no tiene instrumentos propios.

–¿Y el ñorquin?
–Ése es mapuche, no chileno.

–¿Y el guitarrón chileno, y el tormento?
–Tormentos existen en muchas partes, y el guitarrón tiene un abuelo que se llama chitarrone, que tenía cuarenta cuerdas y una de ellas medía seis metros.

–¿Una variedad que se da sólo acá no lo califica como instrumento propio?
–La transculturización cambia algunas cosas, pero eso no legitima que sean propios. En Chile no tenemos instrumentos, eso te lo aseguro. El que más se acerca a ser un instrumento propio, el charrango existe también en Europa. Se hace cuando se necesita, hay muchos en las construcciones para acompañar las cuecas. La ocasión hace el instrumento. La Universidad Católica tiene un estudio que dice que el único instrumento chileno, el único original que vio el estudioso que vino a Chile, son dos cucharas dentro de una botella.

–¿No considera válidas las adaptaciones?
–No, porque se dan aberraciones como el saxo andino, que es un tema que me disgusta terriblemente porque ése no es instrumento. Si el gallo hubiera estudiado sabría que hay un instrumento de caña que es vasco. Él no está creando nada, él está recreando, está usufructuando de algo que se hizo antes.

–Todo se hizo antes.
–No hay nada nuevo bajo el sol, sólo recreaciones. Todos estos instrumentos tienen un tiempo de incubación, un proceso. Pero hay aberraciones como el hang, que surgió como hace diez años y es una burda copia de un steel drums, que tiene toda la carga del vudú.




Fernando Ramírez ha realizado trabajos de clasificación para la Fundación Claudio Arrau, mantiene contacto con organólogos de varias partes del mundo y tiene proyectos en carpeta. Pero lo que más desea es mostrar estos instrumentos, sobre todo los mapuche, en el resto del mundo.

–Hay una cosa de ego importante acá: yo quiero quedar en la historia de Valparaíso como el viejo loco que juntaba instrumentos y contaba historias. Antes de montar el museo tenía pesadillas de que apareciera alguien antes que yo. Hay que ser celoso con el conocimiento porque el celo te asegura ser único.

Y es único, porque no hay otra colección como ésta en Chile, no sólo por el número de piezas, sino que también por el conocimiento sobre ellas.

–Yo creo que esa precariedad nuestra fue la que me llevó a tener estos instrumentos, para protegerlos. Nosotros somos malos, somos pencas: anda a comprar una zampoña a una feria: es una porquería. En cambio un instrumento japonés está perfectamente calibrado y usa la mejor madera, porque es la forma con que te conectas con Dios.

Esa es la clase de relación que Ramírez tiene con sus piezas: en su testamento dejará estipulado su deseo de que lo entierren junto a sus instrumentos. No con los mil y tantos, por supuesto, pero sí  con "los diez mejores, para que sufran y se retuerzan".

–La otra posibilidad es irme al Tíbet y que me piquen y me den a los pájaros. Es más bonito volar que reptar.

 
Museo Organológico de Valparaíso
Ferrari 488 o Héctor Calvo 729, Cerro Bellavista, Valparaíso
Fono: (09) 333 1841
email:
ferraes88@gmail.com

 

Auhra: Ramírez y asociados

–Ésta es la música global, la que cuando abres Internet se te mete. Juegas un juego de rol y suena música celta. Esto es lo que se lleva –asegura Ramírez sobre la música del mundo, la misma que cultiva con su grupo Auhra.

"Para nosotros ya no es world music, no sabemos cómo definirla", rebate. "A mí como arquitecto se me suma una frase de Gaudí que nadie la ha pescado mucho: la única forma de ser original, compadre, es volver al origen. En nuestros conciertos la gente llora, y un siquiatra que asistió a uno me dijo que era porque le tocábamos la última fibra de mono que le quedaba a la gente. Esos sonidos ancestrales están ahí, dando vueltas".

Auhra nació a la par que el museo, la segunda mitad de los años '90, y su nombre es el acrónimo entre Acum, Uriona, Heidecker, Ramírez y Asociados. Con esa formación editaron en 2003 el disco Ecce homo a través del sello Rosa de los Vientos de la Universidad de Valparaíso, donde fusionaban instrumentos eléctricos como bajo y sintetizador con una porción importante de la colección de Ramírez en composiciones temáticas situadas en tiempos y lugares distantes, como la India, China, África o Arabia.

Hoy Auhra lo integran el mismo Fernando Ramírez en cientos de instrumentos, el bajista Dieter Heidecker, el encargado de las cuerdas Juan Pablo Albornoz y la chelista Soledad Figueroa. Tienen compuestos nueve temas que pretenden editar a la brevedad, ahora con un sonido más acústico y con, cada día, más instrumentos.

–El grupo era una torre de Babel y lo sigue siendo. Yo tengo una cara de Medio Oriente que no me la puedo sacar, Dieter Heidecker tiene sangre alemana, Juan Pablo Albornoz será citadino y la Sole (Figueroa) tiene antepasados que vienen del norte. Y antes tocaba Juan Acum, que era mapuche, y  Pancho Uriona Santibañez que era vasco. Es una torre de Babel y los sonidos fluyen.

www.aurha.scd.cl