Moca: llega la asesina del jazz
Pequeñas delicias del rediseño musical
Sus espectáculos causan revuelo entre las audiencias que no sospechan qué se tiene entre manos Mónica Castillo, una cantante melódica con aires de diva de la vieja guardia, pero con un librepensamiento tal que la ha llevado a poner juntas canciones de Kurt Weill y de Beyonce y hacer que eso funcione armónicamente. Esta semana estrenó en la capital su show "Jazz killer", el tercer capítulo de su serie de "rediseño musical delicioso": "He asesinado al jazz de una manera totalmente evidente y abyecta", dice.

Iñigo Díaz | fotos: archivo de Mónica Castillo


Puede perfectamente haber sido Mónica Castillo una de las primera chicas technicolor de los años '90 en la capital. La moda de los peinados y cabelleras multicromáticas entre los universitarios alternativos que reaccionaron a la generación joven en la dictadura gris que la antecedió estaba influenciada por las primeras tecnologías a la mano y la dominación de MTV y sus exóticos VJs.
 
–A los dieciocho años creo que no hubo antes que yo una persona en Chile que tuviera el pelo azul por el año 93 –dice Mónica Castillo–. Era un descalabro tomar una micro. No te puedes imaginar la cantidad de cosas que me gritaba la gente. "Hueona fea" era lo más educado. Pero eso explotó en mí una proximidad con el diseño y la moda muy fuerte, que continúa hasta ahora.
 
–En esa época todavía no te llamabas Moca.
–Yo me he llamado Moca toda la vida. Así me conoce mi familia, mis amigos y todo el mundo.
 
–Igual funciona como nombre de fantasía para una cantante que parece de fantasía.
–Pero ¿sabes? Yo creo que me voy a cambiar el nombre en el carnet de identidad. Yo no me siento "una Mónica". Ese era el nombre que me decían de chica cuando me iban a retar. Mónica está asociada como algo negativa, pero en toda mi vida cotidiana soy Moca.






Entonces Moca reemplazo a Mónica Castillo no sólo en la vida doméstica sino también en esa dimensión musical que hoy la tiene estrenando su tercer espectáculo de canciones de cabaret y teatro. Todos como parte de su proyecto de "rediseño musical delicioso", donde libremente hace y deshace repertorios. El primero fue el colorido "Cosmopolitan cabaret", que presentó por primera vez en el bar Catedral de Santiago el 3 de julio de 2009 con repertorios que alternaron canciones como "Amsterdam", del belga Jacques Brel, y "Lamento d'amore", de la italiana Mina, con "Crazy in love" de Beyonce y "Block rocking beats" de Chemical Brothers.
 
El siguiente fue "Rococó", estrenado en el mismo Catedral el 6 de noviembre de 2009, con "Padam", de Edith Piaf, y "Rendez-vous", de Benôit Charest, hasta "Marcia baila" de Les Rita Mitsouko y "Welcome to the jungle", de Guns N’ Roses. El sábado recién pasado presentó por primera vez un espectáculo de dimensiones inéditas en El Cachafaz, con orquesta de jazz, trío de base, arreglador y director. Allí, en "Jazz killer", Moca es la estrella. "Soy una performadora. Y con mayor razón con este nuevo show, porque allí hago de crooner, cantante, bailarina, actúo, bajo del escenario a molestar al público, vuelvo, converso con los músicos y todo eso".
 
–¿Como performadora tomaste el modelo de la canción francesa?
–Yo venía llegando de Francia y estaba con toda la volada de "La môme" ("La chiquilla"), la película de Edith Piaf que aquí se llamó "La vie en rose" (2007). Yo había estado carreteando un grupo de franceses y creo que en algún momento me subí a una mesa a cantar. Allí me vio uno de los dueños del Café Vinilo. Cuando me presenté por primera vez, y sin ninguna promoción, estuve allí. Fue apoteósico, estuvo llenísimo, no lo podía creer. La gente se quedaba afuera mirando el escenario. Me conseguí un micrófono retro, una peluca y listo. En Vinilo canté tres veces más y de allí salí a otros lugares de Valparaíso. Allí conocí todo el circuito de bares gay: el Éxodo, el Pagano, el Morgana. Yo tenía amigos que se iban en bicicleta a verme en Valparaíso.




La historia, en todo caso, se remonta a fines de los ’80. Allí Moca comenzó cantando en "La pandilla", un segmento del programa "Éxito" de José Alfredo Fuentes. "Éramos quince cabros chicos que cantaban y bailaban, pero de verdad. No había nada galleteado. Era muy duro. Trabajábamos mucho. De ahí salió, por ejemplo, Giovanni Falchetti. Después trabajamos juntos en el grupo de la Myriam Hernández. Le hicimos coros en 1993, cuando ella fue al Festival de Viña". Como corista llegó hasta 1998.
 
–En un programa de Luis Jara, que se llamaba "De aquí no sale" –rememora–. Antes trabajé en "Martes 13" como cinco años y también en otras orquestas bailables donde me llamaban para cantar. Entonces fue cuando vendí mi empresa de diseño, porque soy diseñadora industrial, y decidí regresar a la música. Fue un cambio de chip total. Fue volver a aprender todo ese repertorio pachanguero, que es horroroso, pero a la larga era un desafío.
 
–En algún momento pasaste a ser solista.
–Hay un salto muy grande ahí. Hay un proceso que hay que vivir para pensar que tú puedes convertirte cantante solista si eres corista. Ese salto no lo dan todas las cantantes. En un coro estás parapetada por un montón de gente, tienes una función instrumental, no tienes ninguna influencia puntual. Eres un instrumento musical más. Aprendes armonía y todo eso, pero una cosa totalmente distinta es saber que un show de una hora y media depende completamente de ti. Ese era el paso que yo no quería dar. Yo no creía en mí para nada.




–¿Y cómo lo diste entonces?
–Todavía no sé sicológicamente de donde viene, pero el día en que murió mi mamá yo supe todo lo que tenía que hacer. Tampoco tenía una relación demasiado estrecha con ella, no vivíamos juntas ni nada. Fue como una liberación. Se supone que en el caso de las mujeres, una realmente se libera de su rol femenino cuando muere la madre. A mí eso me hizo mucho sentido. Desde justo ese día yo tomé las riendas de mi vida artística.
 
–¿No es un tema simbólico más bien?
–No lo sé, no lo sé. Hasta creo que me daba vergüenza cantar delante de ella. Pero pasó y decidí irme a cantar en hoteles, porque se parecía mucho a lo que yo hacía en las orquestas como corista. No era un salto tan alto, pero al menos me iba a ayudar a dar un primer paso. Yo ya sabía lo que quería cantar: Pink Floyd, King Crimson, Björk, pero todo pasado por el piano. Partí en el piso diecisiete de un hotel en el barrio El Bosque Norte.




–¿Y cómo llegas a Valparaíso? Allá es donde la gente te vio por primera vez.
–Yo siempre había carreteado en Valparaíso. Allá es "la vida bien llevada", mientras que en Santiago uno entra en rutinas mecánicas. Yo no pienso que estoy en Santiago, pero sí pienso todo el rato que estoy en Valparaíso cuando estoy en Valparaíso. La gente cree que yo soy de allá pero no: soy de acá. Ene gente me pregunta "¿cuándo vas a venir a cantar a Santiago?". Para mí fue decir "si yo puedo cantar en Santiago, puedo hacerlo en Valparaíso". Fue como la constatación de que yo puedo hacer algo en la vida.
 
–Allí no fuiste a un hotel. Fuiste directamente a un bar para cantar.
–Al Café Vinilo, en el Cerro Alegre. Es un lugar enano. Mi primer concierto allí fue el 20 de mayo del 2007. Era la época en que estaba escuchando todas las radios para encontrar y escoger repertorios. Mis gustos son súper eclécticos. Mi papá era músico de Los Ramblers, entonces creí escuchando rock a morir y después se me abrió la chanson francais y todo eso. Es difícil porque no puedo llegar y cantar algo: tengo que pasar un momento donde el tema y la melodía se conecta conmigo, eso se procesa y finalmente llega a un resultado.




–Antes cantabas sola y eso es insuficiente para tu puesta en escena.
–Es que cuando la cosa empezó a tomar vuelo me di cuenta de que no podía seguir así sola. Tenía que dar un salto más. Cuando me llamaron del Sheraton me pregunté: "¿Cómo profesionalizo esto?" Lo primero fue estudiar música y canto. Entonces entré a Projazz, fui alumna de Ana María Meza. Por un asunto técnico me cambió la vida. Ese año conocí al pianista Américo Olivari, a quien vi en el Thelonious. Lo lógico era partir con un pianista así que lo recluté. Pero ni me pescó.
 
–Pero eso fructificó porque ahora incluso tienes un trío...
–Al final armamos el equipo. Tocamos con Américo a dueto y después pasamos a una banda. Américo Olivari (piano), Miguel Pérez (contrabajo) y Andy Baeza (batería), que ahora fue reemplazado por Sammy Ponce, que es el baterista del Santiago Downbeat.
 
–La banda creció. ¿También el repertorio?
–Más que creer se va modificando para casa espectáculo. Siempre estoy eligiendo canciones nuevas, las voy renovando porque me aburro al tiro. Primero empecé a trabajar con Américo Olivari sólo en repertorios para piano, lied alemán y de la melodie francaise. Y cuando lo vi con su trío tocar en el Salón Cienfuegos entendí que necesitaba dar conciertos en espacios más grandes porque quería tocar con ellos tres.  Debutamos el 16 de enero de 2009, porque siempre doy un concierto en el día de mi cumpleaños, en el Catedral.




–¿Ahí parte el primer espectáculo armado?
–Poco después lancé el "Cosmopolitan cabaret". Ahí ya estaba con el bicho inoculado de Kurt Weil y Bertolt Brecht y toda esa onda. Pasé de Edith Piaf a Marlene Dietrich. Me puse a estudiar alemán porque que Projazz estaba con temáticas líricas. Pero no quería por ningún motivo que me hicieran cantar Mozart, ni Puccini, ni nada. Quería algo con sentido político y sociopolítico. Yo no iba a estar cantando dramas de la corte. Me encanta el expresionismo en arte, entonces quería una música para poder aplicar a esto. Así armamos "Cosmopolitan cabaret".
 
–¿"Jazz killer" viene después?
–No, antes armamos otro que se llamaba "Extravaganza", pero me llamó Fernando Mujica (disc-jockey de Radio Zero y director de la revista "Extravaganza") para decirme que no podía utilizar ese nombre. Entonces le cambiamos el nombre a "Rococó". Y era más bizarro todavía porque tenía Rammstein con Kurt Weil, versiones de chachachá de Falco, "Sabotage" de Beastie Boys en up swing. Me quedó la escoba.
 
–¿Esos espectáculos ya tenían baile?
–En el Catedral todavía se podía hacer algo. Yo bailaba un poco, pero el grueso era el asunto del diseño escénico y coreográfico, que es lo que le gusta a la gente. En ningún caso era la coreografía a morir de Liza Minelli del "Jazz killer" de ahora. De hecho yo antes tomaba dos whiskys en el escenario. Ahora no puedo tomar nada. Pura agua porque no puedo tomar alcohol cuando estoy bailando. "Rococó" fue un espectáculo increíble porque hasta ahí yo me había autoproducido y ahora tenía auspiciadores, un licor y una marca de maquillajes. Los estuve mostrando en Valparaíso a fines del año pasado y derrepente llegó febrero y me quedé en blanco.




–¿Por el terremoto?
–Ni me enteré del terremoto. Se movió mi casa de Ñuñoa pero después seguí durmiendo y como no tengo tele, me enteré mucho después de que hubo un tsunami. Cuando se terminó el último show de "Rococó" yo ya no tenía ninguna idea más. No se me ocurrió nada. Pero la idea llegó por un periodista de Valparaíso que me presentó en una entrevista como "una artista que viene a revitalizar el cabaret del repertorio franco-alemán". A mí me extrañó porque yo nunca me había referido a mi trabajo en esos términos. Después me cayó la teja y claramente eso era: para allá estaba yendo.
 
–¿Cómo es la música de un cabaret?
–El cabaret contemporáneo se toca con cierta clase de lugares, con un tipo de humo, con un tipo de ruido, con un tipo de gente, con tal decoración. Y tiene un repertorio particular que no puede ser el del antiguo cabaret alemán de "El ángel azul" (1930), la película de la Marlene Dietrich, donde tocan canciones que más bien parecen arengas para motivar a un público muy alcoholizado. Y es sexual pero en algunos puntos porque entonces subían unas especies de matronas a cantar. Todos esos condimentos estaban en mi trabajo, como una imagen latente. El 7 de febrero me lancé a rediseñar.
 
–¿De donde viene esa inspiracion?
–Un día estaba viendo la película "Chicago" y alguien decía "the true jazz killer...". Ahí me quedé fotografiada: "Jazz killer". Me encantó, porque por un lado tiene el sentido de los nombres cortos de los musicales de Broadway y por otro esto es un asesinato al jazz. Yo no soy cantante de jazz y si un jazzero viene a verlo, probablemente va a considerar que es la música es una bazofia. Me gusta burlarme de ese término. "Jazz killer" es un espectáculo con mucho humor.




–¿Lo diseñaste inmediatamente con orquesta?
–Siempre con la banda, el trío y un invitado más si se necesitara un color específico. Era muy caro armarlo con orquesta. Pero ese fue un trabajo de investigación súper árduo, de revisar videos, leer las biografías. Me quería involucrar completamente con todo, con el año en que estábamos, comprar las partituras, esperar que llegaran, armar los arreglos.
 
–Esos son arreglos para big band.
–Los arreglos de viento los hizo Carl Hammond, un profesor y director norteamericano de Projazz. Pero él no está en el show, la orquesta la dirige Américo Olivari desde el piano. La Projazz Bin Band finalmente se sumó a los conciertos después de que me vieron tocar el 14 de mayo de este año en El Clan. La gente de Projazz me contactó para auspiciarme: me pasan la orquesta y a su arreglador. Fue increíble.
 
–¿Y qué hay en "Jazz killer"?
–Pero mucho repertorio swing y con arreglos loquísimos. Hay mucho pegoteo de temas, partes con el “Mambo italiano” que pasa a un tema de Led Zeppelin y después uno de los Auténticos Decadentes y después remata denuevo con el mambo. Lo mismo con el “Streetlife”, que pasa al “Root down” de Beastie Boys y al “21st Century schizoid man” hasta terminar en el “Penso positivo” de Jovanotti tocado ahora. Antes era remataba arriba con “You” de Candlebox. Hay un montón de canciones metidas allí.
 
–Te tomaste en serio lo de la asesina.
–He asesinado al jazz de una manera totalmente evidente y abyecta. Mal.
 
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En el cabaret cosmopolita todo puede pasar

Marta Contreras: esa ilustre desconocida
En su repertorio actual hay canciones francesas e italianas, temas de amor, baladas swing y boleros cubanos y mexicanos, además de algunos tangos: “Aguanto uno, máximo dos”, decía la chilena Marta Contreras cuando presentaba sus primeros conciertos de regreso a Chile. La cantante tiene una historia musical tan insólita como fascinante. Fue colaboradora del francés Georges Moustaki por veinte años mientras vivió en París en los años ’70, aunque antes de eso ya había cantado en el Olympia como telonera de a Johnny Halliday, en una serie de presentaciones en pequeños bares de la ciudad con Sylvie Vartan. Paralelamente Marta Contreras grababa free jazz con el saxofonista afroamericano David Murray. En 1993 se fue de gira con los holandeses Flairck y cuando regresó, Moustaki, a quien no le había parecido la idea, la echó del grupo. A Chile regresó en 2005 y desde entonces ha cantado en el hotel Brighton de Valparaíso y en clubes de jazz en Santiago: “La música es à la carte. Voy mesa a mesa preguntando qué quieren escuchar”.
 
Natacha Montory: la pasión ante todo
Sus conciertos llevan el mismo título que tendrá su próximo disco, registrado en vivo: La pasión. La cantante Natacha Motory, que tiene una base como intérprete de standards de jazz, ha dado un vuelco hacia un espectáculo que integra elementos del teatro y la canción melodramática. Junto a su actual quinteto formado por Ricardo Márquez (saxos alto, tenor y soprano), Diego Riedemann (guitarra), Oscar Arenas (bajo) y Carlos Nelidow (batería), despliega una propuesta que además incluye vestuario y caracterizaciones. En los conciertos que da en espacios reducidos también se mezcla con el público, y alterna canciones como “Porque yo te amo” (Sandro),  “Piensa en mí” (Luz Casal), Cucurrucucú paloma” (tradicional mexicano repopularizado por Caetano Veloso) y “Balada para un loco”(Astor Piazolla). O sea sólo canciones que me mueven por la pasión.
 
Pink Milk: los repertorios olvidados
Con un debut en diciembre de 2000 en La Batuta, este trío de actrices-cantantes fue un punto alto en los espectáculos de cabaret, boite y musicales de postguerra durante los primeros años de la década. Pink Milk eran las actrices Gala Fernández, Elvira López Gabriela Aguilera y figuraron entonces como unas “divas criollas” con recordadas temporadas en el Teatro San Ginés, junto a músicos como Cuti Aste (piano), Daniel Navarrete (contrabajo) y Roberto Gacitúa (batería). Siempre lujosa y lujuriosamente vestidas recorrían repertorios que incluían cosas como “Rum and coca cola”, un éxito que cantaban las Andrews Sisters en los años ’40 o como “Sugar”, de las Pointer Sisters en los ’80. Además pasaban por bloques latinos de alto contenido sexual: el bolero "Piel canela" y canciones del actor y compositor Pancho Sánchez como “Antes de morirme”, “Te beso” y “Yo caí”.