Bailables rockeros: invita Tío Lucho
Sonora punk
Con saxo y órgano se oye este grupo en su flamante disco Cabrón de jungla, y no parece haber más gente que suene de ese modo, al menos en el circuito rock y punk local. En el de la cumbia está por verse. "De una sonora podríamos aprender mucho, porque son bandas que manejan la fiesta. Profesionales de la diversión. Ésos son los cabrones", reconocen. Con todo respeto.

David Ponce | Fotos: Aldo Benincasa.


Después de dos años pegando carteles y tocando en vivo, el nombre de Tío Lucho ya ha llegado a sonar literalmente familiar entre el circuito de conciertos rockeros capitalinos. El grupo ha tenido tiempo para foguear con punk rock, sonido surf y timbres exclusivos de saxo y órgano la juerga multicolor que le gusta armar en vivo. Y es multicolor como la tapa de su primer disco: en amarillo, azul y rojo, el debut de Tío Lucho luce como cualquiera de los fiesteros elepés de The B-52's, o como más de alguna hermana bandera sudamericana.

–Y si te fijas la foto también tiene movimiento –llama la atención el cantante. 
–Zandunguera –define el tecladista, mientras observa la fotografía de Tío Lucho impresa en el CD, en la que posan Cristóbal Rawlins (teclado), Antonio Poño Ortiz (guitarra), Fernando Arredondo (voz), Francisco Matta (batería y voz) y Álvaro Castillo (saxo), bajo un título no menos llamativo: Tío Lucho presenta a Cabrón de jungla (2006, Algo Records).

–Eso nos importaba, que fuera lúdico. Alegre, pero también con algo de audacia. La jungla podría ser la ciudad, la jungla de verdad, cualquier sitio en el fondo lleno de fauna. Puede ser cualquier ciudad colombiana, ecuatoriana –barajan. Tío Lucho está pensando en toda Latinoamérica.

–Sí –dice Fernando–. Queremos llegar hasta México.
–Este año conquistaremos Ecuador –anuncia el tecladista–. Y Colombia. Por los colores.






El grupo ya había grabado dos EPs, los movedizos No me sigas (2004) y Son tus armas (2005), antes de su primer disco de larga duración, pero las de Cabrón de jungla son todas canciones inéditas, garantizan, y sus letras se refieren a asuntos tan distintos como los mineros en "Bajo la tierra" o la locomoción colectiva desde el punto de vista del pasajero en "Lo animal que soy". No es necesariamente el cantante el que escribe las letras. Esa tarea es del tecladista y el baterista, mientras el vocalista da la cara.

–Es bueno interpretar, me gusta eso –dice–. Es como hacer covers. No está el pudor a lo que estás diciendo.
–Es más desinhibido –opina Rawlins–. Hay cantantes que tocan la guitarra, componen las canciones y cantan: el resto de la banda es el puré y él es el filete. Acá Fernando siempre es el protagonista del escenario porque es el vocalista, pero creativamente no hay una imposición tan brígida.

La variedad de instrumentos que maneja Tío Lucho marca otra necesaria división de roles.

–Todos tocan instrumentos tan diferentes que uno no puede opinar tanto sobre el instrumento de otro –explica el tecladista–. Yo no sé tocar guitarra así que no le puedo decir a Poño qué hacer.
–Solucionamos dentro de lo poco que sabemos –dice el cantante–. Matta soluciona la batería en base a sus recursos y nadie puede exigirle más porque nadie más toca la batería. Estás obligado a democratizar. Estamos obligados a querernos.

–¿Se han topado con más grupos así?
–Debe haber –intuye Rawlins–. En las sonoras, los grupos que tocan cumbia, por ejemplo, hay un tecladista que es un maquinista: hace los saxos, los teclados, en algunos casos los bajos...
–El otro día sacábamos el rollo de que en realidad somos una sonora media punk –concluye el vocalista–. Son súper definidos los roles y tienen igual importancia dentro de la banda. Es una configuración más de sonora que de banda de rock.




Si se trata de lugares donde poner en marcha la sonora en vivo, Tío Lucho podrá tener colección de malos ratos pasados con dueños y administradores de bares y otros sitios, pero otra cosa distinta es el concierto. Sobre todo cuando deriva en baile.

–Las tocatas son buenas, se pasa bien –dice Álvaro Castillo, el saxofonista–. La gente se apropia del concierto, se empuja, se apropia del micrófono –describe Fernando.

–¿Es muy difícil lograr que la gente se mueva?
–Eso es lo que hace buena una tocata –define Poño, el guitarrista–. La idea es involucrar a la gente con la música que estamos haciendo.
–La banda busca eso –dice Rawlins–: que la gente baile. También por eso es sonora. No busca que hagan un cabeceo y que levanten los dedos.

–Y eso ya es complicado de conseguir.
–Y es otra cosa. Por ejemplo Weichafe busca eso, y lo logra. Nosotros queremos lograr el baile.

–Hielo Negro también logra lo suyo, tú reaccionas frente a esa música –dice Fernando–. Es un problema también de poca musicalidad que existe en el medio. La gente que escucha radio, no quiero pelar bandas, pero está escuchando Saiko, Lucybell, La Ley, que en realidad son bandas en las que no hay baile, no hay rock and roll. Hay que escuchar más música para ver que existe La Polla Records, algo más lúdico. La gente no sabe cómo comportarse en un concierto. La gente va a un concierto y se queda parada mirando a U2. A lo más salta en el tema más emblemático, pero es música así, para contemplar.

–Pasiva –resume Rawlins–. Es importante desinhibirse.




Una canción del histórico disco de los Stooges Funhouse (1970)suena como Tío Lucho: desorden y saxofón. Fernando Arredondo ha descubierto a su vez a grupos como Milkshakes, de los años ‘80, que suenan a punk rock son saxo.

–Y Sumo también –suma el tecladista, en alusión a la desatada banda argentina de Luca Prodan de los ‘80–. Y Sonics (uno de los precursores grupos de garage rock estadounidense de los ‘60). A Sumo lo conocía de antes, pero a Sonics lo descubrimos en el período en que empezamos a hacer el grupo. Es un saxo saturadísimo.

–No nos interesa ser rupturistas en la música –aclara el cantante–. Lo que escuchamos es música simple. Somos una banda al revés entera: tenemos una formación rara pero tratando de hacer música simple.
–Nuestra lucha es ser convencionales –coincide Rawlins–. El conflicto de la banda es cómo hacer canciones que no suenen raras. Que no sea Mr. Bungle. Que sea como los Beatles, muy depurada, muy correcta.
–Que suene original, pero no raro –sintetiza Álvaro Castillo–. Tampoco se trata de tocar siempre para cincuenta personas. Ojalá poder tocar en un escenario grande y que suene rico siempre y que la gente lo conozca, y si no les gusta que opinen, pero que llegue a oídos de las personas.

–¿Es más placentero tocar en vivo que grabar un disco?
–Un disco ayuda a concretar tu trabajo –dice Poño.
–Pero tampoco nos vamos a encerrar un año a hacer temas. Eso no existe –agrega el saxofonista–. No vamos a hacer la de Radiohead.
–Tocar en vivo es otra cosa. Grabar es sacar tu registro, se hace con la misma alegría –compara Fernando–, pero somos una banda que tiene que estar ahí. Lo que más hacemos es tocar en vivo, donde más la gente puede vernos. Hasta que un grupo no está en la radio la masa no te conoce. Y la música de una u otra forma se hizo para escucharla en la radio, y si no estás en ese medio vas a estar siempre como la banda semi marginada, como los cabros que no están ni ahí con ser masivos.

–¿Y ser masivos es una ambición de Tío Lucho?
–Síí –dice el cantante.
–Me carga andar en bicicleta –agrega Rawlins–. Yo andaría feliz en limusina.




En su vida Tío Lucho ha tocado con colegas tan diversos como los rockeros Dion, los rocanroleros Ramires!, los jaraneros Lafloripondio y grupos más pop como Ramona Love o más lanzados como Divino Bastardo y Pornogolossina. Para el lanzamiento de su disco, el pasado viernes en la SCD, incluyeron hasta un inesperado cover de la banda sesentera peruana Los Yorks.

–¿Es un gesto político también, tocar un grupo peruano?
–No sé si político, aunque con esto de tener que ser enemigos de Argentina, Perú, Bolivia, no estamos ni ahí –define el cantante–. Cabrón de jungla también es por masificar. No somos una banda chilena. Somos una banda latinoamericana. Hay que demostrar que el punk rock es una actitud política y estética sin ser milico. Por eso también en las tocatas hemos involucrado a gente como Hija de Perra, los Pornogolossina, Divino Bastardo, que tienen una actitud sexual distinta, otra sensibilidad que no está y que nos interesa mucho más.

–Esas tres bandas manejan más la ambigüedad –compara Castillo.

–Al lado de ellos parecemos curas –sonríe Arredondo.

–Hemos visto que hay que aprender a vestirse y a tener una posición escénica –saca en limpio Cristóbal Rawlins–. No es que vayas con tu ropa de civil y que seas tan estiloso que sirva para un escenario. Olvídate de eso. Tienes que inventar, tienes que agregar un toque de fantasía.

–Desde el comienzo nos interesó no prejuiciar –recuerda el cantante–. En ningún concierto que hagamos la combinación va a ser tan afín. Tío Lucho con lo que sea va a ser especial.

–¿Tocar con una sonora de cumbia está en los planes, por ejemplo?
–Bacán –aprueba el saxofonista.
–De hecho de una sonora podríamos aprender mucho, porque son bandas que manejan la fiesta. Hay bandas de cumbia que tienen un integrante que no es vocalista: que es animador. Un profesional de la diversión –dice Rawlins, con el respeto que se debe a un maestro–. Ésos son los cabrones.

 

Rock en el liceo

Tío Lucho es uno de los varios grupos de rock, hip-hop y otros géneros que en la última semana estuvieron atentos a tocar en vivo en algunos de los colegios y liceos en toma durante la reciente movilización secundaria, tal como lo hicieron La Patogallina Saunmachín (foto inferior), Guerrillerokulto, Fiskales Ad Hok, Ramires! (foto superior) o The Ganjas, entre otros.

En su caso fue más allá de una simple actuación. El grupo estaba tocando en el capitalino Liceo Carmela Carvajal el miércoles último cuando la estudiante Carolina Celis cayó desde el techo de uno de los gimnasios del recinto, en uno de los accidentes graves registrados durante los actos de protesta estudiantil. "Estamos consternados", escribió el grupo en su fotolog. "Todo nuestro respeto y fuerza para su familia y las niñas que siguen en toma en dicho establecimiento".

Tío Lucho parecía por lo demás estar algo más al tanto que los políticos y expertos educacionales locales acerca de un brote de desobediencia civil inminente, al menos a juzgar por canciones del disco nuevo como "Tanque civil", del baterista Francisco Matta, que parece una breve banda sonora adelantada de las últimas protestas callejeras, con versos sobre insurrección como "Joven aguerrido quiero ir a luchar por las calles llenas de gente / Miles de caras distintas que vinieron a ayudar".

–Casi por azar, esa letra habla de la gente que se subleva, y ahora viene como anillo al dedo a lo que está pasando –conecta Fernando Arredondo.
–Las cosas cobran sentido después –analiza Álvaro Castillo. Y Tío Lucho ve entre la audiencia escolar también a u público para el que seguir tocando en vivo.

–Los estudiantes dieron una lección no sólo para su movimiento, también porque entre ellos hay gente que puede estar mucho más interesada en ver bandas en vivo –dicen–. Para nosotros sería la raja tocar en ese gimnasio que hay en Liceo de Aplicación , por ejemplo. Actuar en un colegio es mejor que en un bar donde la gente no quiere escuchar lo que estás tocando. Estamos buscando eso, llegar a ese tipo de público, en colegios, salir del centro de Santiago. Ver hasta dónde puedes llegar.