Miguel Conejeros, de Pinochet Boy al laptop
La ruta de Fiat 600
La historia comienza en el sur de Chile y termina en Barcelona. Entremedio, Miguel Conejeros ha marcado varios hitos: a mediados de los ’80 inició una de las precursoras bandas de punk a la chilena, los Pinochet Boys; luego se inscribió con el clásico "El vino" junto a los Parkinson, y como Fiat600 fue el primer nacional en presentarse en el prestigioso festival de arte y música electrónica Sonar, en Barcelona. De paso por Chile, Conejeros vino a presentar un libro que relata los años con los Pinochet Boys y su entorno, pero también para mostrar su trabajo en solitario y demostrar que recordar no es lo mismo que quedarse pegado.

Por Luis Felipe Saavedra | Fotos: Ivonne Trigueros y Gonzalo Donoso


Miguel Conejeros anda corriendo, tiene poco tiempo y lo llaman por teléfono cada cinco minutos. Como siempre cuando un chileno vuelve a su país después de un tiempo, tiene la agenda copada entre familia y amigos, más ahora que viene con dos hijos. Pero Conejeros está en Chile no sólo por razones familiares: acaba de presentar un libro que narra la historia de su precursora banda, Pinochet Boys, y para tocar como Fiat600, el alias que usa desde 1998 para crear música con medios electrónicos.

El miércoles pasado fue la presentación de aquel libro en el Centro Arte Alameda. Hubo algunas palabras, camaradería, vino de honor, muestra de fotografías y documentales sobre "los rockeros chilenos" o "los punk chilenos", como titulaban los medios de mediados de los '80 a esta manga de jóvenes desadaptados. Y muchos amigos protagonistas del libro y de ese pequeño movimiento contracultural, como el fotógrafo Gonzalo Donoso, el pintor Hugo Cárdenas, el bajista de Dadá, Lalo Aller, y el promotor de las fiestas en el Garage Internacional Matucana, Jordi Lloret, estaban presentes. Pero no todo fue nostalgia. Después de la presentación del libro, Fiat600 mostró lo que hace desde hace algunos años: música con beats profundos, de una bailabilidad contagiosa, con algunos samplers de discursos políticos y minuciosos sonidos que coquetean con el IDM y el ambient.

–La fiesta fue un invento que hicimos para juntarnos y vernos. Había mayoritariamente gente de esa época, que es la que se identifica, se entiende, con la generación del libro. Pero hay una cosa de anoche, que sí, ciertamente estaba toda esa gente, pero lo que hicimos fue una declaración de principios, en el sentido de que la tocata no miraba hacia atrás, sino que hacia delante. Porque si hay algo que tuvieron los Pinochet Boys, y por eso fueron nombrados o destacados entre comillas como vanguardia, fue que nosotros siempre miramos hacia adelante, nunca nos quedamos pegados en la onda punk –asegura Miguel.






–Vendimos un Fiat 600 que teníamos con mi hermano y compramos los instrumentos. Nos alcanzó para una guitarra, un amplificador, un (sintetizador) SH 101 y una batería Korg programable –recuerda Conejeros sobre el hecho que gatilló el nacimiento de los Pinochet Boys, un extraño caso dentro del gris panorama de mediados de los '80 en un Chile bajo dictadura y con los canales de expresión clausurados por los militares.

Con apenas dos canciones registradas y un puñado de presentaciones en vivo, que siempre terminaron en caos y represión policial, los Pinochet Boys fueron los puntales de un pequeño movimiento contracultural que rechazaba tanto las imposiciones del régimen como las formas de expresión contrarias a la dictadura, como el Canto Nuevo, llamado por ellos "música artesanal". La banda funcionó entre 1985 y 1987 con la formación de Daniel Puente (bajo y voz), Miguel Conejeros (teclados, batería programable), Iván Vanchi Conejeros (voz y guitarra) y Sebastián Tan Levine (batería), y a pesar de su breve existencia, sus miembros formaron bandas relevantes como Niños con Bombas, Supersordo o Parkinson, e inspiraron a generaciones posteriores.

Los hermanos Miguel e Iván Conejeros habían nacido en la ciudad sureña de La Unión, un sitio tan alejado de la capital donde era imposible acceder a música que no fuera la oficial, ya escasa y anodina, salvo por un detalle. "Tuvimos la suerte de tener un tío, Marcos Vergara, que con su amigo Felipe Rauric vivían en Concepción, te estoy hablando del año 1980, y tenían un programa en la Radio de la Universidad de Concepción que se llamaba 'Nueva dimensión', donde tocaban Gang of Four, Talking Heads, Wire, cuando aquí eso no existía. Entonces, él fue nuestro gran proveedor de música cuando con mi hermano vivíamos en La Unión. Si tú entrevistas a Álvaro Henríquez o a cualquiera de esa generación, ese programa los marcó. Al mismo Jorge González y a todos les llegó esa influencia. Nos enviaban los casets con selecciones y como en el sur llueve mucho, la vida es más introspectiva. Nosotros siempre estábamos en la casa dibujando y escuchando música, primero la de mis padres y luego la que recibíamos de estos señores. Entonces nosotros veníamos con un background bastante avanzado para la época. Luego, cuando entró el Tan a la banda con su batería (ya los hermanos Conejeros instalados en la capital), hubo un viraje hacia algo un poco más punky tradicional. Pero no éramos cien por ciento punk", recapitula.

–De hecho, por música y estética, Los Pinochet Boys estaban más cerca del new wave que del punk.
–Si, más new wave o más synth pop. En esa época no había ni una huevada. Era la nada. Quedaron dos temas grabados y deben haber sido siete u ocho recitales, o doce, pero se generó una cosa mucho más grande, porque no era sólo la banda: éramos la punta del iceberg de todo un movimiento de gente que estaba haciendo música, pintando, haciendo comics en un momento en que aquí no había nada. Nos influenciábamos entre nosotros mismos, la poca información fragmentada de alguien que había ido por allá (al primer mundo) nos servía a todos; alguien traía un libro y nos juntábamos a leerlo y asimilábamos eso a nuestra manera. Y punk, claro, tampoco teníamos plata para comprar chaquetas de cuero. Siempre la búsqueda era algo de expresión personal, muy diferente a lo que vimos en que se transformó el punk, que hoy es casi una institución, todos vestidos con las mismas chaquetas: un uniforme al fin, todo lo contrario al concepto. Nosotros estábamos más por ese canto a la libertad que era la expresión personal. Los pelos eran tipo new wave, pero era una búsqueda estética, porque todo era muy feo. Los milicos habían borrado la historia, habían hecho desaparecer lo poco y nada que teníamos de cultura.

–¿Tenían conciencia de que quedarían en la historia?
–Yo cacho que si. Nosotros estábamos claramente concientes de que éramos los únicos. (En rigor, un par de años antes comenzaron a tocar los punk OrgAsmO, que sí dejaron registros, y ya funcionaban Los Jorobados y Agrupación Ciudadanos). No sabíamos en qué se iba a transformar, pero estábamos concientes de que lo que hacíamos era potente. Por eso mismo cuando salíamos a la calle y la gente nos gritaba y más de alguna vez nos trataron de linchar por el simple hecho de ir diferentes, nos autoafirmábamos entre nosotros y sentíamos que estábamos en lo correcto. En ningún momento nos planteamos "mañana me voy a sacar el aro o me voy a vestir normal para que no me hueveen en la calle". Todo lo contrario. En ese sentido era punk, en el sentido confrontacional, en molestar, en el grito de que nosotros no pertenecemos a esta huevada. En esa época o eras de derecha o de izquierda. O estabas alineado con la Paty Maldonado y los huevones que cantaban para el régimen, o estabas con los del charango lila y la guitarrita. Pero nosotros corríamos paralelo: los de derecha pensaban que éramos de izquierda y los de izquierda que éramos de derecha. Habíamos cogido la garrocha larga y nos pegamos el salto. Otro rollo.

–¿Por qué surge la necesidad de editar un libro ahora con la historia de los Pinochet Boys? ¿Es como el ejercicio de releer un diario de vida de juventud?
–Es, como dijo mi hermano, cerrar un circulo que siempre estuvo abierto. A través de todos estos años siempre recibí algún mail de algún pendejo o de alguna persona que quería saber. Mira, me llamaban para decirme "estoy haciendo mi tesis de periodismo o sociología y no encuentro nada". Y no había nada. Por un lado eso, y por otro yo creo que cogió importancia por el hecho de que mi hermano y yo estuvimos viviendo afuera, y nos hemos dado cuenta de que en otros países, como España, los huevones se encargan de rescatar la memoria cultural de su país y sacan los tremendos libros de fotos de la movida madrileña, que no fue muy diferente a esto. Fue diferente porque en España hay más plata y ellos sí que tienen el cuidado de rescatar sus raíces, sus influencias, y nos dimos cuenta de que acá eso no existía. Mis hijos me empezaban a preguntar y lo poco y nada que había en la prensa eran puras mentiras, o descontextualizadas. Por eso el libro está narrado en primera persona y no hay ningún filtro periodístico.




El libro, que ya está en librerías, cierra una etapa compleja pero hermosa. La siguiente para Miguel y su hermano fue Parkinson, los autores del clásico "El vino", que funcionaron entre 1988 y 1995 (ver recuadro). Bien habituado al manejo de sintetizadores y otras máquinas, Conejeros emprendió, tras la disolución de Parkinson, una carrera como solista usando esos mismos elementos. "Para mí ha sido una evolución lógica, en el sentido de que yo siempre trabajé en el lado de las máquinas, y cuando empezamos, el primer medio año, antes de que se incorporara el Tan, los Pinochet Boys éramos un trío y no teníamos batería. Trabajábamos con una caja de ritmos y un sintetizador. Ya desde esa época teníamos un inquietud por el sonido de las máquinas y por la música electrónica", dice ahora.

–¿En la época de Parkinson ya componías solo?
–Siempre he hecho cosas solo, pero no pensando en un proyecto. En esa época, en paralelo, hicimos Los Artistas con el Miguel Hiza y el Rodrigo Hidalgo, que fue cuando disolvimos Parkinson, porque antes hubo otro, que fue Carlos Calor. Todos estaban anoche.

–Cuando empezaste a componer solo, ¿fue gracias a que la tecnología se hizo más simple para trabajar?
–Desde luego que ayudó, y también empezó a cambiar mi propio estilo de vida. Lo dije la otra vez: creo que tener una banda es un lujo, hay que tener tiempo para ensayar, un local de ensayo, coordinar. A mí me encantaría tocar con una banda, lo encuentro súper divertido, pero por circunstancias no puedo, no tengo tiempo. Y el hecho de poder producir en tu casa, con tus equipos, te facilita las cosas.

–¿Con qué elementos produjiste tu primer disco?
–Me acuerdo que cuando terminó Parkinson me compré una (grabadora) Tascam de 4 pistas y así empecé a hacer mis primeras grabaciones. Luego vino Felipe Hansen, un amigo arquitecto, que me ayudó a producir mi primer disco, en el sentido de que él tenia muchas máquinas pero no las sabía usar y las aprendimos a usar juntos, entonces yo tenia temas y así nació El empleado del mes (1998). Fue con hardware mayoritariamente, pero también con los primeros softwares, sobre todo para mezclar. Esa fue una edición en CDR. Luego vino el Jorge González, que en esa época estaba tratando de montar un sello con Argenis Brito (vocalista, entre otros proyectos, de Señor Coconut). Todos estos años he seguido siendo amigo de Jorge y en esa época le gustaba mucho lo que yo estaba haciendo y produjo un tiraje del disco, mil copias bajo su sello, Discos G. El disco se distribuyó por aquí y por allá dentro de Chile, algunos mandé para afuera, algunos temas para un compilado de un sello de Nueva York.

–¿Y tu segundo disco, El ultimo día (2000)?
El último día fue un poco otra forma de cerrar un ciclo, porque fue como un compilado de temas. Por eso ese disco no es tanto una unidad, sino más bien un compilado. El empleado del mes fue compuesto para hacer un disco, por eso tiene un corte medio drum n’ bass y una unidad estética más o menos pareja. En El último día es diferente, porque fueron temas que yo tenia sueltos que no había grabado antes y que recuperé de atrás e hice como un grandes éxitos, se podría decir, de lo que tenia, más unos temas nuevos que hice. Con mi  amigo Cristian Freund, de Zoo Records, lo masterizamos y ellos corrieron con el tiraje, que sí se distribuyó en la Feria del Disco, en Fusión y estuvo en todos lados.




–Siempre has usado samples (muestras de sonidos) en tus composiciones.
–Samples de voces, cantar yo no. Por lo general tengo mi propio dogma respecto de los samplers: ningún sample tal como venga. Lo que sea pero hacerle alguna manipulación, aunque sea mínima, porque o si no no me siento bien. No tengo prejuicios con robar ni nada de eso, porque creo que la música es de dominio público, pero me quedo más tranquilo cuando le hago alguna cosita al sampler, ya sea ponerle algún efecto, darlo vuelta, cualquier cosa. En esa época sampleaba mucho vinilo, iba a (el persa) Franklin y compraba vinilos, tenia una torna vieja que sonaba pa' la cagada.

–Los nombres de tus discos, El empleado del mes y El último día, tienen una carga, algo dicen.
–Hay un rollo. Tiene que ver con la vida laboral, porque el empleado del mes todos sabemos a qué remite, y es una gran ironía. Y para El último día me inspiré en una canción de Chuck Berry, "Thirty day" ("El día 30"), que es el día más feliz porque es el día de pago. Entonces hay una relación ahí. Entremedio hice un EP llamado Sombras tenebrosas que también fue en CDR y lo distribuí justo antes de irme al Sonar. Estando en Barcelona, para mi gusto el  trabajo más interesante que he hecho hasta la fecha de Fiat 600 fue un disco doble que se llamó Erich Zann (2002), que es un trabajo en honor a H.P. Lovecraft, porque es un disco que tiene un concepto, todos los temas están hechos a partir de la oscuridad y era todo bastante oscuro y denso. Es mas raro y seguramente no vendería ni una copia, aquí por lo menos. Es mi trabajo más coherente.

–En relación a Pinochet Boys y Parkinson, bandas con harta carga lírica, ¿cómo logras introducir tu visión política en la electrónica?
–Yo lo entiendo de dos maneras. Uno es la actitud al tocar en vivo, que yo encuentro que siempre mi música tiene un corte agresivo, de una u otra manera. Y lo otro es que tengo muchos samples de discursos descontextualizados de Henry Kissinger o de otros que voy metiendo. Yo creo que lo político está en enfrentarse a la música desprejuiciadamente. La música electrónica ya es un concepto y una manera de entender la música. Hay un abandono del ego, el artista no es sino la música. No una cara visible. A mí nunca me ha interesado poner mi cara.




Con dos discos editados de manera independiente, en 2001 Miguel Conejeros recibió una invitación muy tentadora. Junto al dúo Marciano, fue considerado para participar del festival Sonar, el encuentro de música y arte multimedia más importante de la actualidad, que se realiza todos los años en Barcelona, tras lo cual él se estableció en esa ciudad catalana.

–Mi hermano estaba viviendo allá y ya tenía un tiempo y tenía ganas no de irme, pero sí de salir –recuerda–. Y me fui bastante abierto a que si me gustaba o lo que sea, me quedaba. Fui con un pasaje de ida y vuelta, como todos, pero la vuelta no la tenía clara. Llegué allá, empecé a conocer, a tocar, toqué en el Sonar...

–¿Cómo fue la experiencia de tocar en el Sonar?
–El Sonar fue la gran excusa del viaje. Para nosotros, de donde estábamos aquí era la gran cosa. Fuimos los primeros con el Sergio (Lagos) y con el Tec (Rodrigo Castro, ambos en Marciano) en ir a tocar allá. Fue la raja la experiencia. Llegar a otro sitio, no como turista, sino que inmerso en un festival de esa magnitud fue la raja, porque conoces otras cosas. Tocamos ahí bien, después me salieron otras tocatas, me empecé a quedar, me quedé. Cuando estás en una cosa así, y lo aprendí después cuando fui a tocar a Londres, te das cuenta de qué chucha hacen todos esos huevones, que me he encontrado acá en Santiago, que se creen divos y mega estrellas. No lo puedo entender. Cualquier persona que ha salido del país o ha podido estar en un contexto un poco mas under, en un festival grande o lo que sea, te das cuenta de la cantidad de pendejos, la cantidad de gente súper sencilla que no parece nada y que hacen una música increíble y no tienen ninguna ostentación ni nada más que presentarla. Por ejemplo, cuando vine ahora, mandé una serie de mails para tocar y me contestaron en uno o dos clubes, estos más cuicones, creo que La Feria, "nosotros sólo contratamos DJs internacionales". Y después veo la cartelera, y claro, son puros internacionales, pero son cualquier huevada.

–¿Por qué Barcelona es un buen lugar para establecerse y desarrollar tu música?
–Estás en Europa e ir a tocar a Londres, a Berlín, está todo ahí. Sobre todo también porque el público te escucha de una manera más desprejuiciada. Hay una recepción más abierta a tus propuestas. Aunque te voy a decir que Barcelona tampoco es la panacea. Tiene dos, tres meses, que es la época del Sonar y del Primavera Sound (otro festival relevante). Cualquier persona que va en esa época dice "guau, esta ciudad la cagó", pero no todo el año es así.

–En Barcelona también iniciaste Bipolar (dúo junto al chileno Pablo Mellado, alias Maco).
–Pablo estaba viviendo en Barcelona. En esa época nos fuimos a vivir juntos, él tenía sus máquinas y yo las mías, las juntamos e hicimos un set la raja. Fuimos a tocar a Francia y en varios festivales y nos empezamos a mover como proyecto paralelo. Grabamos un disco (Bipolar, 2002) que ha envejecido muy bien. Hacer música con músicos es en un noventa por ciento tener afinidad y con Pablo siempre hay muy buena química, tanto así que cuando tocamos en Vector (hace dos semanas, lea un comentario acá) no habíamos tocado hace cuatro años, que fue la última vez que estuve en Chile, en la Radio de la Universidad de Chile. Para este día ensayamos sólo verbalmente y salió la raja.




–Tu más reciente conexión con Chile fue tu participación en el compilado Epa Toasted del netlabel de Valparaíso Epa Sonidos. ¿Cómo los conociste?
–Por Myspace. Ellos se contactaron y tuvimos buen rollo. Yo no conocía a ninguno de ellos, pero me pidieron un tema para un compilado, se los mandé, lo pusieron y justo antes de venirme nos contactamos e hicimos una tocata. Ahí los conocí y los chiquillos son súper buena onda y esa tocata (la del pasado sábado 30 de agosto en Valparaíso) la han filmado entera, la van a editar y tengo un proyecto para hacer otras cosas con ellos. Me han parecido cabros súper buena onda, aparte de que hacen muy buena música. Tienen una buena actitud.

–¿Tienes ganas de editar algo por algún netlabel?
–Si, me gustaría, estoy súper abierto. Como estuve dos años desconectado (por la crianza de sus dos hijos), ahora estoy volviendo, me contacté con los Epa Sonidos, he vuelto a tocar en Barcelona. En mi casa tengo montado un pequeño estudio. Estoy empezando a andar la máquina de nuevo.

–¿En estos pocos días que pasaste en Chile te has llevado alguna impresión?
–Es difícil tener una visión cuando uno viene por tan poco tiempo. Vengo en otro carácter, me atienden súper bien, pero a simple vista veo mucha más gente en la calle, lo cual es bueno. Creo que con lo del Transantiago, que ha sido un desastre, veo que ha obligado a la gente a caminar un poquito para alcanzar la micro y eso es bueno, la gente se roza, hay más gente en Santiago. Veo también que hay muchos mas bares y clubes donde tocar. Por ejemplo, esto del Vector que organizaron los muchachos de Astrocaglia tuvo una producción impecable. En Barcelona no hacen huevadas así, a no ser que sea un festival como Sonar o cosas del estilo. El nivel está a años luz de lo que fue en la época de los Pinochet Boys, por ejemplo, e incluso de la época de antes de irme. Ha habido un salto cuantitativo en el tema de producción y de organización mucho mejor. Lo que no ha cambiado es que para quedar en algo hacen falta treinta mails y veinte llamadas por teléfono.

www.myspace.com/fiat600

 

Parkinson: Por el vino me quedé sin sello

Si los Pinochet Boys permanecieron en calidad de mito hasta ahora (con la edición del libro), y Fiat600 ha llegado a un círculo pequeño de auditores, fue con Parkinson que Miguel Conejeros obtuvo reconocimiento masivo, principalmente gracias a singles como "Papel floreado" y "El vino", una canción que cautivó desde a Nicanor Parra hasta Don Francisco. Parkinson estuvo activo entre 1988 y 1995, con varias formaciones, la más estable con Rodrigo Hidalgo (guitarra), Juan José Gajardo (batería), Miguel Hiza (voz), Rafael Guiñez (viola y bajo), varios bajistas y el mismo Miguel Conejeros en teclados. Alcanzaron a registrar tres discos: el caset Anaranjado (1991, autoedición), De rey a mendigo (1992, EMI) y Pecho al futuro (1993, EMI).

–Al contrario de la precariedad de los Pinochet Boys, con Parkinson tuvieron sello discográfico y lograron imponer "El vino" como una canción que hasta hoy suena.
–Sobre todo ahora en el 18 suena mucho más "El vino". Lo veo en las estadísticas de la SCD. Sí, fue diferente pero para mi siguió siendo una evolución, porque seguí con el teclado y nos metimos en una onda sicodélica, pero con los Parkinson logramos tener sello después de autoproducirnos. De hecho, el disco que saco EMI tienen un 60 ó 70 por ciento de canciones que estaban en el primer caset (Anaranjado) y que se regrabaron o remasterizaron. Para mi gusto ese caset es el mejor. En ese sentido, también había una inquietud de autogestión. No nos quedamos sentados a esperar que llegara un sello. Nosotros hicimos lo nuestro (gracias al aporte de pintores como Samy Benmayor o Bororo). "El vino" fue una cosa espontánea. Ya se conocía en el circulo de la gente cercana y cuando tocábamos. El sello llegó después. A lo que voy es que no hubo una campaña de marketing, ni de afiches, por lo que fue espontáneo. Es lo mismo que con los Pinochet Boys, que la cosa coge peso cuando son de verdad, no cuando son inventos de marketing.

–Lograron un éxito masivo.
–Sí, durante dos años viví de la música y tocamos de Arica a Punta Arenas. Se podría decir que estuvimos on the road durante un año, por lo menos. Y lo curioso fue que tocamos para Don Francisco (en Sábados Gigantes), porque al guatón le gustó. Cuando fuimos por primera vez al Canal 13 para tocar "El vino" para la Teletón, parece, la productora nos dijo "nosotros los llamamos a pedido de Don Francisco", porque al viejo le gustó el tema, lo encontró una huevada loca. Pasaban esas cosas espontáneas. Es archi sabido que los sellos ponen plata en las radios para que toquen sus artistas, pero en este caso fue espontáneo y eso fue lo loco. Se siguió tocando "El vino", "Papel floreado" y tres o cuatro más y por suerte ahora esta la Radio Uno, que pone pura música chilena y están en la rotación, sobretodo ahora en septiembre.

–¿Y el círculo de Parkinson se cerró naturalmente?
–Lo que pasa es que los sellos son muy maricones. Uno pasa a ser un producto y cuando ya no les sirven te desechan. Nosotros grabamos Pecho al futuro con toda la ilusión de hacer un disco nuevo, el sello pagó la grabación y el disco nunca fue lanzado con campaña, como se tiene que lanzar un disco. Estuvieron esperando el momento y nunca respetaron el proceso creativo que tienen cuatro personas, todo eso los sellos se lo pasan por la raja. Y eso, junto a que éramos una banda delirante, el Rafa estaba más loco que la chucha, el otro también, entonces se juntaron el hambre con las ganas de comer, como dicen, y murió, quizás no en tan buenos términos, con ciertas confrontaciones internas y se disolvió. Cuando una empresa va bien están todos felices, pero cuando empieza a ir más o menos ahí se ve la cosa. O te aprietas el cinturón y sigues adelante o queda la cagada. Y quedó la cagada. Nos disolvimos y cada uno para su lado.