Max Neira
Más de alguna vez se ha dicho que Pentagram es la banda más importante de la historia del metal chileno. Si bien es discutible y antojadizo nombrar a una sola banda con dicho titulo, en lo que sí estamos de acuerdo es que el cuarteto santiaguino es una de las propuestas más influyentes del medio local, que ha empapado a buena parte de grupos nacionales y también extranjeros, conocidos y subterráneos. Por eso, esta segunda reunión oficial (la primera fue en 2001), valía por sí sola para convocar un evento masivo de primer nivel de producción, para así homenajear a toda una escena en esta Primera Cumbre del Metal Chileno, en el mítico Teatro Caupolicán.
El ambiente del céntrico coliseo se impregnó del espíritu de antaño que se respiró en legendarios locales como el Gimnasio Manuel Plaza o la Sala Lautaro hace al menos dos décadas, donde cada fin de semana se congregaban centenares de adictos a la música extrema. Es así como el menú de la velada se nutrió con semi leyendas del movimiento, en especial el evolutivo thrash de Warpath (silentes desde 1989), Sadism y Execrator (ambos representantes de la primera etapa del death metal) y la siempre arriesgada propuesta de Dorso (con más de 25 años ininterrumpidos de rodaje). Estos últimos merecen mención especial, gracias a un show impecable aunque demasiado corto, donde hicieron un recorrido por casi toda su discografía, incluyendo un extenso corte del progresivo Romance (1991).
A las 20.45 horas las luces se apagaron para dar comienzo a una acertada intro con el órgano de la Tocata y Fuga en Re Menor de Bach. El respetable vociferante, con algo más de mil quinientas personas, comenzó a corear el nombre de Pentagram, pero una vez terminada la obertura sólo hubo silencio. Fue sólo el comienzo de una muy accidentada presentación, en parte por culpa de muchos desperfectos de sonido, pero también cierta inoperancia de la banda, debido a una notoria falta de ensayo. El misterio se extendió por más de cinco minutos, cuando nuevamente se escuchó la misma pieza barroca, como diciendo "aquí no ha pasado nada". Esta vez hubo más fortuna y al fin apareció el grupo en escena, a demoler con la atronadora "Spell of the Pentagram".
Los miembros fundadores Anton Reisenegger (guitarra, voz), Juan Pablo Uribe (guitarra) y Eduardo Topelberg (batería), además del bajista Juan Francisco Cueto (ex integrante Criminal), desmenuzaron sin piedad sus instrumentos, y pronto la atmósfera se impregnó del sonido tan árido y característico registrado en aquellas dos demo tapes que el grupo grabó en 1987. Como pasa con todas las grandes bandas, es difícil meterlos en un solo saco. Es una constante en sus composiciones esa mixtura lograda a partir de la violencia del thrash, la oscuridad del death y, cómo no, esa majestuosidad decadente del mejor black metal.
Lamentablemente, el poderoso sonido inicial comenzó a decaer con cada tema, causando mella sobre todo en la interpretación del icónico “Fatal predictions”, aparte de algunas inconsistencias en el desempeño instrumental. De todos modos, el publico demostró su devoción intransigente al transformar la cancha del teatro una verdadera masa circular de golpes y patadas, el casi extinto "mosh". Las revoluciones siguieron acrecentándose con sendos covers para homenajear a leyendas internacionales del metal: "Raining blood” (Slayer), "Countess bathory" (Venom) y "Metal command" (Exodus).
Pero sin lugar a dudas lo más calado del repertorio se encuentra en los temas de los antes mencionados demos, con imponentes versiones de "Temple of perdition" y sobre todo "Profaner", el mejor momento del set. Y como no podía ser de otro modo, la conocidísima "Demoniac possession" fue la elegida para cerrar los fuegos, creando un verdadero infierno sónico que sumado a la siempre bienvenida nostalgia logró el más alto momento de comunión entre público y banda. Pero el último "desperfecto" de la noche lo protagonizó el baterista Eduardo Topelberg, que en una desconcentración infantil provocó que ni siquiera pudieran terminar la canción, dejándola a medias para retirarse sin mayores ceremoniales del escenario. Con buena parte del público retirándose algo confundido, Pentagram volvió a la escena para interpretar la antes nombrada rendición a Exodus, y logró calentar nuevamente el ambiente para así mas confiados repetir el destartalado tema anterior, esta vez con mucho mejores dividendos.
Una noche accidentada, pero cuyos múltiples problemas técnicos no lograron opacar una jornada inolvidable para muchos que agradecieron a Pentagram la oportunidad que se les dio de involucrarse por algo menos de una hora con ese inconfundible espíritu underground de los '80 y '90, que si bien es cierto poco a poco se ha ido desvaneciendo, nunca ha dejado de existir.
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