La belleza de caotizar

Musicircus
Centro de Extensión Universidad Católica, domingo 9 de noviembre
Gratis

Luis Felipe Saavedra

Es posible que el tradicional Festival de Música Contemporánea de la Universidad Católica jamás haya convocado a tanta gente en una sola jornada, pero lo que sí es seguro es que este encuentro nunca tuvo un arranque tan caótico, estruendoso y variopinto. El responsable de que esta majamama se realice hoy en Santiago es el músico Sebastián Jatz, pero el ideólogo es nada menos que John Cage, el compositor estadounidense que propulsó ideas anarquistas y renovadoras en la música del siglo veinte, y que en 1967, como una síntesis de sus conceptos rupturistas, montó una obra sin partitura ni intérpretes definidos. "Musicircus", tal como en su primera puesta en escena en Illinois y como hoy, es una feria de sonidos donde cientos de músicos –y no músicos– hacen lo suyo al mismo tiempo y los visitantes, comiendo algodón de azúcar, mote con huesillos o cuchuflí, pueden pasearse por el lugar para configurar a su propio gusto –y riesgo– la experiencia. Las posibilidades son infinitas.

190 músicos, 61 estilos y 120 minutos. Si los números ya son fenomenales, al ingresar al edificio del Centro de Extensión UC el impacto es aún mayor: una gran masa de ruido continuo que proviene de todos lados ataca los oídos y despierta la curiosidad. ¿Por dónde comenzar? ¿Cuánto hay por descubrir? Es un desafío que se plantea fascinante y los rostros de asombro de las cuatro mil personas presentes así lo certifican.

En la entrada está tocando un conjunto de música tradicional celta y un bromista grita "¡William Wallace!". Al centro del hall el dúo Code hace chirriar cuerdas amplificadas, discos de sierras, percuten espátulas y golpean tambores en un armatoste metálico. A pocos metros los chinchineros imponen presencia, el organillo es subyugado por la electrónica y vientos del dúo Weros, y a su lado una joven canta clásicos de Broadway. No es sólo un festival de sonidos: las vestimentas y puestas en escena son tan radicalmente diferentes entre los participantes que la vista también tiene su festín.

En una esquina, los salterios, cítolas y flautas de un grupo de música medieval comparten decibeles con la música timbrística (quince timbres activados por computadora), y en la otra un par de lolos con guitarras de palo entonan canciones de fogatas, unos bluesmen atraen miradas de los más rockeros, un pianista interpreta "Microcosmos" de Bartok  y un trompetista improvisa. De acuerdo a donde uno ponga los oídos, se producen mezclas sorprendentes, como la inaudita entre coplas de la Estudiantina La Trobada, el swing de un cuarteto de jazz, un bajista funk, la música "manística" (un niño sopla sus manos) y el carnaval andino de Carola y los Amawtas. Cada cual monta su espectáculo, unos más en serio que otros, pero aquí esas distinciones sobran.

Tanta cantidad de gente hace que el desplazamiento sea torpe, y ese es otro efecto impensado. Para subir al segundo piso y transitar por sus pasillos hay que armarse de paciencia, pero vale la pena para mirar –más que oír– instrumentos extraños, como el armonio que toca Subhira, un oscilador, un theremin, copas de agua, música para radio y un didgeridoo. Allí, Sebastián Jatz da la "Charla acerca de nada", del propio John Cage, y varios le prestan atención; un director de orquesta mueve los brazos con unos audífonos enchufados, un guitarronero canta a lo humano y a lo divino, el grupo Mazapán recuerda la infancia y una joven soprano saca aplausos, porque canta bonito y porque es bonita.

Los sonidos, de tan diversas naturalezas, no están en igualdad de condiciones, y por eso el guitarrista flamenco pega su oreja a su instrumento para escucharse, un pianista pierde el pulso y Félix Lazo con electrónica en vivo suena más fuerte que varios juntos. Da un poco lo mismo. Tras dos horas de ruido y música los oídos están agotados, pero felices con el caos. Son tantas las postales y tan variadas –una guagua durmió durante los ciento veimte minutos– que no vale la pena insistir en lo múltiple del happening. Lo importante es que la solemnidad de la música de concierto esta tarde primaveral ha sido vejada hasta el cansancio y que cuando, justo a las ocho de la noche, Sebastián Jatz golpea una especie de claqueta para dar término al concierto, la ovación que se escucha es como de estadio.

www.musicircus.cl

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